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Repolitizar el género

Si el concepto de género ocupa un lugar clave en el surgimiento y la vitalidad de las luchas feministas en el Norte y en el Sur, varias de sus utilizaciones mainstream acarrean perjuicio a la emancipación buscada. Como por ejemplo las instrumentalizaciones tecnocrática, neoliberal, nacionalista o aún más supremacista del género, que perpetúan las desigualdades y enmascaran el entrelazamiento de las diferentes formas de dominación. Paso al feminismo «interseccional» y «decolonial».

Las primeras líneas de este editorial vieron la luz un 8 de marzo «Día Internacional de la Mujer» [1] . Esta casualidad en el calendario es un comienzo ideal del tema para significar la ambivalencia del recurso a sus derechos. En el mejor de los casos, es la ocasión de recordar que, en ninguna parte del mundo, las mujeres disfrutan de una verdadera igualdad con los hombres, que las luchas en favor de la igualdad no son por lo tanto aún superadas, ni son secundarias, y, además, que este día no sólo concierne a la mitad de la humanidad. En el peor de los casos, esta fecha simbólica se reduce a una oda a la mujer, pronunciada por una élite acaudalada y dominante, preocupada más por sus intereses. La apropiación política, mediática o comercial se convierte en una ilustración de la empresa de despolitización de las luchas feministas.

Este ejemplo por más simple que pueda parecer, es un indicador entre otros de una tendencia profunda: el acaparamiento de los ideales feministas por actores históricamente opuestos, o indiferentes, a éstos. «En el nombre de los derechos de las mujeres» se convierte en un leitmotiv esgrimido oportunamente, un discurso legitimador, en beneficio de aquellos que lo mencionan. Esta osada instrumentalización lleva finalmente a afirmaciones contradictorias y a situaciones de tipo esquizofrénico. Desde los años 1970, las ofensivas neoliberales se han concretizado en todos los continentes en una deterioración de las condiciones de vida de la mayoría de las mujeres. Sin embargo, un discurso halagador, desarrollado desde los años 1990 por las instituciones internacionales y retomado en coro por los Estados, da a entender que a pesar de los «daños colaterales», la mundialización favorecería para ellas más oportunidades que limitaciones.

De igual manera, la retórica de autoridades políticas como la del general Sissi en Egipto o el primer ministro indio Narendra Modi, que se autodenominan «liberador» o «salvador de mujeres», se inscribe en una agenda nacionalista excluyente y zanja utilizando mañas represivas y autoritarias. Esta atención selectiva, presentada como una alianza beneficiosa para las mujeres, muestra sobre todo un paternalismo de Estado y revela las utilizaciones políticas paradójicas de la causa de las mujeres.

Finalmente, la evocación de cuestiones sexuales para justificar políticas neocoloniales, racistas y xenófobas es evidentemente una antigua práctica, pero que desde el 11 de septiembre de 2001 resurge de manera preocupante en países occidentales y más allá de ellos. Estas desviaciones no son procesos inconscientes o aleatorios. Estas corresponden a un esquema perfeccionado y las razones que existen detrás de ellas son múltiples y constantemente renovadas.

Esta nueva edición de «Alternatives Sud» trata sobre la «normalización» de las reivindicaciones feministas y sobre la generalización del concepto de género. Desde una perspectiva de políticas que matan la felicidad (killjoy politics) – que François Vergès describe como «la otra cara de la medalla, una crítica de la política de la ‘felicidad’ que esconde la violencia, lo arbitrario, el abuso y la discriminación» (Vergès, 2017), propondremos una lectura crítica de los usos del género, y de la función latente que este concepto ha podido tener a través de la valorización de un discurso sobre los derechos de las mujeres, en perjuicio de las luchas para hacer efectivos esos derechos.

Una explicación para evitar por adelantado probables juicios de intenciones a las autoras de estas líneas: este trabajo colectivo – al cual han contribuido mujeres feministas, intelectuales y militantes del Sur y del Norte – no pretende descalificar el concepto de género o aquellas que se movilizan en su nombre. Al contrario, él persigue reflejar al movimiento que trata de recuperar el concepto, a repolitizarlo, a volverlo más elaborado y a descolonizarlo. Un movimiento que recuerda que el feminismo necesita situarse «lo más cerca posible de las realidades», sin esquema ideológico o político preestablecido (Ali, 2016).

Dimensiones cardinales de género

Éric Fassin decía con respecto a la democracia que «nada perjudica tanto su credibilidad como las malas causas que se le pide bendecir» (Fassin, 2009). Esta afirmación podría aplicarse al género, ya que se ha atribuido a ese concepto lo que no es. Su utilización en singular o en plural, como categoría normativa o como herramienta fundamental, demuestra la maleabilidad y la polisemia del concepto. El género no es un concepto etéreo desvinculado de los contextos de su emergencia o de su importación. Frente a la profusión de sus usos, cabe recordar las dimensiones cardinales del género, inspirándonos en los textos estimulantes y didácticos de Laure Bereni & co (2012), lo cual es un requisito previo necesario. Éstas resultan de luchas y saberes feministas que han marcado los últimos cuarenta años, dando testimonio de una conceptualización y apropiación progresivas, de acuerdo con las épocas y los contextos.

La primera característica del género se refleja en la famosa frase de Simone de Beauvoir – «No se nace mujer, se llega a serlo» (1949) -, que destruye las concepciones esencialistas y revela el carácter socialmente construido del orden tradicional de los sexos. Los atributos de la feminidad y de la masculinidad hasta aquí percibidos como inmutables, frutos del determinismo biológico o sagrado, ahora son comprendidos como el resultado de un proceso social e contingente, sobre el cual es posible actuar. El alcance político y el potencial crítico de este instrumento de «desnaturalización» abren, por lo tanto, perspectivas de cambio considerables.

El segundo elemento que induce al género es su enfoque relacional de los sexos. Las diferencias establecidas entre lo femenino y lo masculino son productos de una relación social, por lo que es inútil estudiar uno sin referirlo al otro. El género no es, en contra de ciertas ideas preconcebidas, un problema de mujeres. Declinado al singular, permite revelar e insistir en el proceso de articulación entre los sexos (palabra utilizada en el plural). El género designa un principio de división, o más exactamente, «un sistema de división jerárquico de la humanidad en dos mitades desiguales» (Delphy, 2002). Los sexos «se refieren a grupos y categorías producidos por este sistema» (Bereni, 2012)

El género pone el acento sobre las relaciones de poder en el centro de las relaciones. En todos los continentes, los recursos, socioeconómicos y políticos, son desigualmente repartidos (en diferentes formas e intensidades) en detrimento de las mujeres. Y los valores asociados tienden globalmente a ser subestimados en cuanto a las características masculinas que son más valorizadas. Esta asimetría tanto material como simbólica se ha traducido en conceptos claves como «el patriarcado», que Christine Delphy definió como «el sistema sociopolítico que organiza la opresión de las mujeres», o como «la dominación masculina», analizada por Pierre Bourdieu.
Finalmente, la última consideración, pero no la menos significativa, el género no funciona en el vacío. Él se sitúa en la intersección de otras relaciones de poder, especialmente sobre la base de la clase social, de la «raza» y de la sexualidad. Lo que conduce a las mujeres a no ser «igualmente» dominadas. Este enfoque permite tomar conciencia, además de las diferencias existentes entre las mujeres, de la «complejidad de las situaciones de cada persona, que puede ser a la vez en condición de dominación en ciertas relaciones sociales y de dominada en otros casos» (Falquet, 2007). La experiencia simultanea de varias formas de opresión y/o privilegios produce de esta forma situaciones complejas en las que los actores individuales o colectivos se encuentran separados entre intereses que a veces son difíciles de conciliar. El enredo de estas desigualdades multiformes, por lo tanto, exige estrategias de lucha que no sean jerarquizadas (prioritarias versus secundarias), sino imbricadas.

La internacionalización del género y sus implicaciones

El gender surgió en la literatura feminista anglosajona para desnaturalizar el sexo en la década de 1970 y un campo de estudios se ha constituido a su alrededor, especialmente en los Estados Unidos, en la década de 1980. Sin embargo, resistencias y reticencias, debido a su carácter controvertido y a la especificidad de los contextos, han limitado su difusión. La problemática se ha impuesto ostensiblemente en los discursos políticos de los años 1990, y más aún luego de varios encuentros internacionales sucesivos, que culminaron en la Conferencia Mundial sobre la Mujer en Beijing en 1995. El patrocinio de las Naciones Unidas, un importante medio de difusión, ha ofrecido a esta categoría de análisis un eco y un alcance internacional. Durante el proceso, las instituciones internacionales y nacionales, tanto del Norte como del Sur, han adoptado legislaciones, presupuestos y políticas públicas en favor de la igualdad de género que han permitido a muchas feministas de todo el mundo celebrar la inclusión en la agenda de la «perspectiva de género».

Sin embargo, como señala Joann W. Scott, las implicaciones radicales [2] inherentes al género fueron superadas durante esta conferencia de Beijing. Su «incisiva crítica» ha sido desafilada, al igual que su poder inicial de provocar y de esclarecer. En el informe final «el género aparecía como un término inofensivo e incluso un mero sustituto de ‘mujeres’» (Scott, 2009). En el mejor de los casos, hacía referencia a las normas sociales impuestas a hombres y mujeres, pero se volvía incapaz de cuestionar «cómo las formas entre las cuales el sexo y la diferencia sexual eran concebidas» (ídem), o de cuestionar las relaciones de poder existentes, entre hombres y mujeres.

Además, las organizaciones de mujeres con capacidad de generar cambios han estimado haber perdido su poder de acción y maniobrabilidad. Como parte de su dispositivo participativo, la ONU ha logrado atraer el foro de la sociedad civil «al interior» de la conferencia, permitiéndole de esta manera «dirigir simultaneamente» (Falquet, 2007) la conferencia oficial de los gobiernos y el foro paralelo de las ONG. Actuando de esta manera, tenía la atención de reunir a los actores de la sociedad civil y las delegaciones gubernamentales para elaborar conjuntamente un diagnóstico y recomendaciones. Este modo operatorio ha sido criticado vigorosamente, especialmente por las feministas latinoamericanas y caribeñas, que consideraban que esto favorecía la pérdida de autonomía del movimiento y la marginalización de las posiciones feministas, diluyéndose así en un consenso frágil.

Hasta hace poco el género era ocultado y cuestionado, hoy en día es imprescindible. «Género y feminismo han dejado de ser adversarios de la autoridad, señala Verónica Schild en este trabajo, para transformarse en temas privilegiados». La implantación del feminismo en las instituciones estatales, las administraciones y la sociedad civil ha sido un fenómeno que ha marcado los años post-Beijing. El movimiento ha tomado una configuración más «formal y estable» pero al mismo tiempo más «apolítico» (Roy, 2017).
La institucionalización de las políticas de género se ha convertido, a partir de ese momento, en fuente de cantidad de preocupaciones entre las activistas «autónomas». Temían un retroceso en el compromiso político y la emergencia de un elitismo a través de la profesionalización de la militancia, confirmada por el auge de las ONG, la aparición de expertas y de programas de estudio de género. Más aún, se preocuparon de las estrategias de cooptación, tanto ideológicas como organizativas, desarrolladas por fuerzas consideradas hostiles.

Como veremos, los temores resultaron fundados, ya que existen muchas situaciones en las que los derechos de las mujeres han sido movilizados para promover objetivos no emancipadores. Sin embargo, la internacionalización y la mundialización del género no han por lo tanto implicado una neutralización ineluctable de la noción. Recordémoslo, el feminismo es plural y no uno. Se desarrolla y se piensa in situ, de múltiples maneras, en función de los contextos a través de los cuales él se expresa y de su adhesión a diferentes tradiciones históricas y políticas.

Numerosos feminismos críticos del Sur, así como del Norte, exigen hoy una reapropiación del género, contestando el «uso corriente» y devaluado que hace el feminismo liberal dominante, que lo reduce a una «etiqueta de calidad» más que a un cuestionamiento. Hoy en día «la herencia feminista está sometida a un examen crítico cada vez más importante en muchas partes del mundo», dice Verónica Schild. Con todo, hay voces disidentes: las feministas «populares», las mujeres indígenas y afrodescendientes o las feministas musulmanas o racializadas [3] , que rechazan los «falsos feminismos» o los «feminismos de implicación» (Rottenberg y Farris, 2018) y exigen que la justicia de género no sea más el privilegio de una clase media o que sea abordada de manera aislada, fuera de las relaciones sociales de clase, de raza y de sexualidad.

El género contra sí mismo: herramienta de explotación, de control social y de poder

El éxito del concepto de género, en términos de difusión y de visibilidad, ha tenido un precio, el de su apropiación por los actores dominantes. Algunos lo han reducido a una herramienta tecnocrática de gestión, incluso de explotación, otros de control social y de poder. En contraposición con los objetivos perseguidos por las luchas de las mujeres, a veces la igualdad de género ha sido el símbolo de la modernidad occidental y ha servido como garantía moral para acciones neocoloniales y xenófobas. A veces el cuerpo femenino ha sido utilizado como un símbolo político por actores nacionalistas o tradicionalistas quienes han hecho «la última defensa de una identidad asediada» (Lamrabet, 2012). La reelaboración de ciertos ideales feministas ha permitido igualmente a los representantes del proyecto neoliberal (empresas, Estados, agencias de desarrollo, etc.) legitimar formas de explotación sexual y racializada. Asimismo, haciendo uso de la «funcionalidad de las desigualdades» (Rodriguez, 2017), se puede sacar provecho de ello en detrimento de las propias mujeres.

Feminismo y neoliberalismo

Una rica literatura sobre «género y mundialización» (Autre part, 2012) ha abordado las desigualdades que han resultado de la expansión de la globalización neoliberal respecto a las relaciones sociales entre los sexos en el Sur. Resultado de los programas de ajuste estructural impuestos a los países endeudados que tienen como objetivo reducir el gasto público, los servicios sociales básicos han sido desmantelados. Las mujeres intensificaron entonces su carga de trabajo, remunerada o no, y aumentaron las actividades de supervivencia para desempeñar un papel de amortiguador frente a la crisis.
Con la abertura de las economías nacionales y locales al mercado mundial, nuevas posibilidades de trabajo han surgido, a menudo mal pagados y flexibles. Como un ingreso no es suficiente para mantener a flote los hogares pobres, las mujeres han ingresado masivamente en el mercado de trabajo, especialmente como obreras en las empresas recientemente deslocalizadas. Si las mujeres han visto aumentar su responsabilidad, su entrega en la esfera productiva no se ha concretizado en una entrega equivalente por parte de los hombres en la esfera reproductiva, conduciendo al fenómeno bien conocido de la doble o triple jornada. Finalmente, los procesos de migración del trabajo se han visto impulsados por la crisis económica en los países pobres y por la creciente necesidad de actividades de cuidado en los países ricos.


Discurso legitimador y medidas «pro-mujeres»

Desde los años 1980, diferentes trabajos feministas han mostrado que la reorganización neoliberal del sistema mundial de producción y de la distribución de la riqueza se ha hecho en perjuicio de una mayoría de mujeres en el mundo. Estos análisis críticos se han enfrentado con discursos institucionales optimistas afirmando un progreso generalizado y continuo de la condición de las mujeres, en particular las del Sur, continuando con su inclusión en el proceso de modernización.

La aparición de un nuevo léxico de la lucha contra la pobreza como centro de gravedad de las políticas de desarrollo y la adopción de nuevos conceptos tomados de los movimientos feministas, como la autonomía, la capacidad de actuar (agency), el mainstreaming o el empoderamiento, llegaron a apoyar este discurso optimista, evitando al mismo tiempo todo cuestionamiento de la opinión dominante. Explotando la fraseología de género y combinando con sus ideales de la realización y del desarrollo personal, las élites neoliberales no solamente han ganado en legitimidad, sino que, además, han logrado transferir la carga de las responsabilidades de la sobrevivencia y del desarrollo, que antes incumbían a los Estados, a los individuos y en particular a las mujeres pobres. Este enfoque utilitarista de la mujer pobre «merecedora», más allá del cheque en blanco que ella ha ofrecido, se ha apoyado sobre normas y relaciones de género existentes (la mujer «máquina» altruista y resistente), conduciendo así a la reproducción y al refuerzo de estructuras patriarcales tradicionales que las estrategias de desarrollo pretendían combatir.

Esta reformulación de los temas clave del feminismo en concordancia con la orientación neoliberal se ha igualmente escuchado, más allá del discurso en las intervenciones y las prácticas «pro-mujeres» de desarrollo. La microfinanza, los «Smart Economics» y los programas de transferencias de efectivo condicionadas analizados por Kalpana Wilson en esta obra sintetizan esta perspectiva invocando el sentido de la responsabilidad de las mujeres y situando el interés personal en el centro de las preocupaciones. A través de la autonomía y del empoderamiento reformulados, el individuo ha sido llamado a tomar en manos su porvenir económico, profesional, familiar y social, por lo tanto, su permanencia en la pobreza se ha convertido, desde luego, en el resultado de su propio fracaso personal, ocultando así las causas estructurales del problema.

En los esquemas de desarrollo neoliberal, las mujeres del Sur, en particular las mujeres racializadas y empobrecidas, se han convertido, en razón de su «eficiencia», en los nuevos temas «empresariales, hiperindustriales y altruistas» (Wilson, 2018). Esta lógica ha sido promovida al extremo con la emergencia de la figura del adolescente en las políticas del «efecto ninã». Según sus promotores, la Fundación Nike, seguida por agencias y ONG internacionales, una inversión inicial en la educación sería suficiente para que cada chica «se haga cargo del resto» [4] , esto es, garantizar su ascenso social y poner fin a la pobreza. Esta híper-responsabilización va junto con la desresponsabilización de los actores políticos y económicos, y contradice al mismo tiempo la representación paternalista y visión miserable de la «mujer del Sur» que estos mismos actores movilizan, como veremos, en otras circunstancias.


¿Instrumentalización pasiva o convergencia activa?

Los protagonistas de esta apropiación han cultivado con un cierto éxito el mito de un desarrollo feliz y voluntarista por y para las mujeres. Muchas voces feministas a través del mundo, no obstante, se han vuelto a levantar para criticar los mecanismos puestos en práctica para despolitizar, cooptar y explotar aún más a las mujeres y sus causas. Si estas formas de presión impuestas y, entonces, soportadas, han sido denunciadas desde hace mucho tiempo, es sólo en los últimos diez o quince años que los investigadore.a.s han empezado a cuestionar los vínculos ambiguos y las formas activas de convergencia entre ciertas formas de feminismo y neoliberalismo.

Autores como Hester Eisenstein (2005) y Nancy Fraser (2011) han llevado lejos la crítica, argumentando que la prosperidad simultanea del feminismo y del neoliberalismo no resultaba de una coincidencia. Ellas han afirmado respectivamente que «el feminismo en su encarnación del siglo XXI estaba subordinado al capitalismo» y que había una «afinidad electiva, perversa, subterránea entre el feminismo y el neoliberalismo». Fraser continúa argumentando que el feminismo de la segunda ola ha reforzado el espíritu de «la etapa neoliberal» del capitalismo, trocando las reivindicaciones por la justicia social, llamadas redistributivas en favor de reivindicaciones por el reconocimiento de la identidad y de la diferencia, o para decirlo de otra manera, acomete el registro del culturalismo a expensas de una crítica del capitalismo neoliberal.

Esta reflexión «herética» ha provocado una serie de reacciones que han puesto en tela de juicio la atribución a las feministas de la responsabilidad de este giro decisivo, pero también la homogenización de los movimientos y teorías feministas, que habría tenido como corolario de hacer inaudibles las críticas más radicales, o aún de no tomar en cuenta las diferentes formas del capitalismo existente. El análisis de Verónica Schild, quien se interroga sobre la aplicación de la hipótesis de Fraser a las realidades latinoamericanas, siendo de esta manera un ejemplo detallado que pone por delante la dimensión finalmente «provincial» en el sentido de no central, del punto de vista de la autora estadounidense. Sim embargo, el denominador común entre estas diversas y múltiples posiciones ha sido reconocer, como lo hace remarcar Catherine Rottenberg y Sara Farris en su artículo, que de otra parte «la invocación del feminismo no es suficiente para calificar un movimiento o una posición emancipadora o progresista».

Por lo tanto, en ausencia de unanimidad, este cuestionamiento continúa actualmente alimentando un dinámico debate, sobre el entrelazamiento del feminismo con los proyectos neoliberales y, más ampliamente, no emancipadores. Los conceptos de instrumentalización, explotación, cooptación o aún mas de colusión y alianza han, de otra parte, surgido para expresar este tipo de interacciones, pero las discusiones continúan, como lo dejan ver de una parte C. Rottenberg, que se interesa por la emergencia de una variante del feminismo que ella ha llamado «feminismo neoliberal» y, por otra parte, S. Farris, que analiza el impulso de un «feminismo supremacista occidental».


Instrumentalizaciones políticas de las temáticas sexuales

La instrumentalización del tema de la igualdad de género para fines neoliberales destacó especialmente asuntos como las trayectorias históricas y las racionalidades que han permitido de una parte el surgimiento de un tal proceso de este tipo y, por otra parte, los intereses perseguidos por estos actores dominantes al punto de descubrirse súbitamente el coro de la causa feminista. Actualmente, siguiendo la misma lógica y teniendo en cuenta estos cuestionamientos iniciales, interroguémonos sobre el fenómeno de la utilización de género a fines de dominación política.

De los nacionalismos sexuales a la democracia sexual

La expresión «nacionalismo sexual» (Jaunait, 2014) nos conduce a primera vista a distintas realidades: las de nación, por un lado, y las de género y sexualidad, por otra. Sin embargo, el análisis de los contextos demuestra cuánto las realidades nacional y sexual están estrechamente unidas. Los nacionalismos modernos se han, en efecto, apoyado sobre estereotipos sexuales y sexualizados, y de hecho las identidades sexuales no pueden ser pensadas como esencias, sino como normas construidas.

En el marco de las luchas por la independencia, las identidades sexuales han sido el lugar de batallas de la propaganda entre los Estados coloniales y los movimientos nacionalistas. Las mujeres de esta manera quedaron presas entre las exigencias de modernidad y el progreso de un poder colonial exterior y las disposiciones de un poder patriarcal interno que exige una conformidad con los códigos tradicionales, lo que puede ser comprendido como un acto de militancia y de resistencia con el fin de preservar una identidad amenazada.

Los poderes coloniales han movilizado el tema de la opresión de las mujeres para justificar «su misión civilizadora». A finales del siglo XIX en Egipto, los británicos no dejaron de condenar el trato desigual reservado a las mujeres musulmanas, afirmando de esta manera la supremacía del imperio sobre una cultura local considerada arcaica y oscurantista. Esta instrumentalización de los derechos de las mujeres, situada en el corazón de las luchas por el poder, es aún más sorprendente cuando la historia revela que uno de los principales representantes del poder británico en Egipto, Lord Cromer, que llamaba a quitarse el velo a las mujeres musulmanas, fue también presidente y miembro fundador de la Liga masculina contra el sufragio femenino en su propio país (Ali, 2012).

La politización de las cuestiones sexuales ha continuado más allá de las independencias y se ha inmiscuido en otros proyectos imperialistas. Las «historias de rescate», estos discursos sobre las mujeres víctimas y oprimidas, se han utilizado como justificación entre otros a numerosas intervenciones militares en el mundo, incluso encubiertas de discursos del mantenimiento de la paz de la ONU, como explica Anna Nikoghosyan en uno de los capítulos que siguen. No obstante, los ejemplos los más notorios continúan siendo la guerra «justa» por las mujeres en Afganistán (Delphy, 2009) y la intervención estadounidense en Irak para la liberación del país y de las mujeres en particular (Al-Ali, Pratt, 2009).

Alrededor de los años 2000 ha sido un momento decisivo en la reconfiguración de los discursos y usos de la sexualidad en las políticas nacionales. Mientras que, en Europa durante el siglo XX, los nacionalismos se caracterizaban por su masculinidad virilista, su misoginia y su homofobia en materia de género y sexualidad (Mosse, 1996), un vuelco se operó. Las cuestiones sexuales, anteriormente confinadas a la esfera privada, fuera del ámbito democrático [5], se pusieron como la esfera democrática por excelencia. El respeto de las minorías [6] sexuales se ha convertido en el nuevo atributo de las democracias y el centro de gravedad de la identidad occidental.

En un contexto internacional postcolonial marcado por los hechos del 11 de septiembre de 2001, las cuestiones sexuales se encontraron con las cuestiones raciales. En pocos años, el «conflicto de civilizaciones» ha sido reformulado en términos de «conflicto sexual de civilizaciones» (Fassin, 2009), trazando una frontera entre un «nosotros» occidental, protector y garante de los derechos, y «los otros», homófobos y sexistas, cuya cultura se considera incompatible con las nuevas formas de la «democracia sexual» (ídem). Esta línea imaginaria desde luego ha servido para distinguir arbitrariamente los buenos de los malos Estados, esencialmente «musulmanes», en la escena internacional, y los buenos de los malos conciudadanos en la escena doméstica.

Maya Mikdashi, en su artículo sobre los levantamientos y los contra-levantamientos en Egipto, insiste sobre «el miedo selectivo de los islamistas» que ha llevado a las feministas internacionales, a las organizaciones de defensa de los derechos humanos y a los políticos a temer tanto la victoria electoral de estos actores, como la amenaza que representan a priori para los derechos sexuales y corporales. Sin minimizar la opresión de estos regímenes y movimientos, la autora señala que la indignación internacional frente a la erosión de los derechos ha sido variable geográficamente y directamente relacionada con la identidad del opresor. La Turquía de Erdogan, los Estados Unidos de Trump, los ultranacionalistas de Polonia o el Egipto del general Sissi, son otros tantos contextos marcados por un determinado marco o por una regresión de derechos sin que ninguna reacción equivalente se haya dejado escuchar.

La democracia sexual se ha convertido en una disciplina sirviendo a estigmatizar a unos y a ensalzar a otros. Ha sido el origen de nuevos usos del género que se declinan diferentemente según las regiones. En Europa, la gramática del género es reciclada por las fuerzas percibiendo la inmigración como una amenaza, mientras que en los Estados Unidos se ha utilizado en una lógica de expansión, a través de las guerras «humanitarias».

En muchos países del Sur, las identidades sexuales también se han utilizado como un instrumento de conquista, para fortalecer la autoridad política o conservar el poder, o incluso para desviar la atención de temas prioritarios, como lo demuestran varias autoras de esta Alternatives Sud. En la India, la aplicación de controles patriarcales por parte de una «policía moral» violenta está en el centro de los discursos y prácticas actuales de las fuerzas supremacistas hindúes. El gobierno, en el poder después de 2014 e impregnado por la ideología de la Hindutva, ha utilizado la retórica de los derechos de las mujeres para desacreditar los musulmanes y servir mejor sus intereses. Actuando sobre la idea de la autenticidad cultural y postulando la existencia de un modelo indio (por ende, hindú) de la igualdad entre los sexos el «nacionalismo sexual» indio, se ha construido también alrededor de un imaginario que estigmatiza la mujer musulmana como una víctima sin defensa y desprovista de capacidad para actuar, y el hombre musulmán como un misógino, lujurioso y bárbaro.

Flavia Agnes analiza, en esta edición, la instrumentalización política del reciente proyecto de ley prohibiendo la repudiación inmediata, llamada del «triple talag». Apuntando oficialmente a proteger a las mujeres musulmanas, esta iniciativa ha contribuido aún más a validar la siniestra proposición sugerida por los dirigentes nacionalistas hindúes según la cual son «los hombres hindúes que salvan las mujeres musulmanas de los hombres musulmanes». Ni las discriminaciones y las represiones crónicas hacia los grupos minoritarios, ni la indiferencia en relación a la suerte de las mujeres hindúes no han bastado para hacer dudar a las autoridades.

Durante los levantamientos populares árabes, los regímenes autoritarios amenazados difundieron también discursos normativos y de género, en forma de acusaciones contra la inmoralidad de los «revolucionarios», junto a llamados y órdenes expresas a conformarse a la moralidad pública. Atizando la imagen del «pánico moral», el Estado se ha presentado, en contraste, como un guardián del orden y un protector contra la inmoralidad, justificando al mismo tiempo el poder autoritario y la represión contra los disidentes. Más al sur del continente africano, en Malawi, las élites políticas masculinas han desviado el discurso del empoderamiento con fines electorales, para luego enfrentarse a la vicepresidenta que supuestamente encarna la sensibilidad de género, como nos los explica Juliet y Gregory Kamwendo en su aporte.


Brotes de «femonacionalismo»

Prolongación previsible de la revolución neoliberal de las últimas dos décadas del siglo XX, un giro reaccionario y regresivo, calificado a veces de «derechización del mundo» se ha materializado en todos los continentes a través de la emergencia de fuerzas sociales y políticas conservadoras (Alternatives Sud, 2018). Participando de esta lógica, y en contraposición con sus luchas emancipadoras, se pudo observar también un «giro a la derecha del feminismo». Farris y Rottenberg lo analizan en este libro.

Estos últimos años, los derechos de las mujeres han sido, en efecto, explotados de manera repetida por una improbable coalición de partidos nacionalistas de derecha, de gobiernos neoliberales y de ciertas feministas «influyentes» y «femócratas» [7] en el marco de campañas xenófobas anti-islam y anti-inmigración en Europa. Esta forma de movilización contemporánea del feminismo ha sido denominada por Sara Farris «femonacionalismo» (Farris, 2017). En tanto que construcción ideológica, ella es el resultado de una convergencia entre diferentes agendas políticas y de intereses económicos concretos.

Sus fundamentos reposan ante todo en la identificación de un tríptico en el imaginario considerado como una amenaza sexual y un peligro para las sociedades occidentales [8] , de la mujer musulmana como la víctima por excelencia de la violencia masculina no occidental, y de un Occidente «salvador» por encima del resto del mundo. Luego, aquí el neoliberalismo ya no se entiende como un simple telón de fondo sobre el cual tiene lugar la convergencia femonacionalista sino como uno de sus elementos constitutivos. Desde luego, el neoliberalismo debe entenderse como «una formación político-económica que ‘institucionaliza’ la ideología femonacionalista en el marco del aparato estatal para (re)organizar la esfera reproductiva y en particular la esfera socialmente reproductiva».

Las políticas de integración cívica implementadas para «acoger» a los migrantes en el territorio europeo, especialmente a las mujeres desde 2007 con la creación del Fondo Europeo de Integración, constituyen un espacio emblemático donde los intereses del trío de actores han convergido bajo el pretexto de la igualdad de género. Los neoliberales han encontrado su lugar en la lógica del workfare  [9] y de la responsabilidad individual, así como las feministas eurocéntricas que, en referencia a su propia trayectoria, consideran que encontrar un empleo es la principal solución a los problemas de integración e igualdad. En lo que se refiere a los nacionalistas, ellos han visto una demostración de la superioridad de las naciones occidentales sobre las sociedades consideradas como atrasadas.

El apoyo de organizaciones de mujeres o de organismos estatales que defienden la igualdad de género en la concepción e implementación de estos programas orientados hacia las mujeres migrantes y musulmanas demuestra, por un lado, el papel activo, y no solo de figurantes, jugado por ellas en las políticas de carácter neoliberal y racista (denunciación del sexismo no occidental). Por otro lado, revela una profunda contradicción, analizada por Farris en su libro In the name of women’s rights, a saber, que estas feministas mainstream «exhortan a las mujeres migrantes musulmanas y no occidentales a liberarse, pero al mismo tiempo canalizándolas hacia el mismo modelo establecido (empleos domésticos, mal pagados y precarizados) del cual el movimiento feminista ha históricamente intentado de liberar a las mujeres». La pretendida solicitud desplegada por este feminismo, portavoz del Estado neoliberal se revela aún más como una manera de legitimar y reproducir formas de explotación sexual y racial que refuerzan desde luego un orden social injusto y desigual.

A pesar de las profundas divisiones que estos posicionamientos han suscitado dentro del feminismo, el esclarecimiento y la comprensión de las conexiones hechas con el racismo y el neoliberalismo han provocado la cólera, entendidas como «guía política» y no como «mala consejera», de un sector importante del movimiento, decidido a que resurjan los recursos críticos y radicales de los inicios del militantismo femenino. Las afrofeministas, las feministas musulmanas y otras mujeres racializadas, aquí y en otros lugares, han denunciado, en tanto que principales afectadas, el orden nacional, neocolonial y neoliberal que subyace en los feminismos contra-emancipadores. En vista de estas experiencias, el problema más urgente es sin duda el de la lucha contra la renovada instrumentalización de los temas de igualdad y de libertad: ¿cómo impedir que el feminismo no se transforme en una «criada para todo» del racismo y del neoliberalismo?

Feminismo «interseccional» y «decolonial»

La noción de «empoderamiento», nacida de la educación popular y retomada por el feminismo, puede definirse como un proceso de adquisición de poderes a dos niveles: individual y colectivo. El neoliberalismo y el feminismo mainstream se han juntado para separar las dos vertientes del concepto y alimentarse solo del principio de la responsabilización liberadora personal, reconfigurando los contornos de la acción colectiva, como ha ocurrido en los grupos de autoayuda (self help groups) o los proyectos de microfinanzas que han cambiado la solidaridad colectiva al servicio de la participación individual en la acción colectiva.

Actuando de esta manera, el feminismo neoliberal ha dividido el sujeto feminista, prefiriendo ignorar los problemas de la mayoría de las mujeres, en particular de las mujeres pobres y negras, y ha debilitado los movimientos sociales potencialmente transformadores. Ha contribuido asimismo a la renovación de las modalidades de explotación. Esta forma truncada de feminismo se ha revelado lógicamente incapaz de discutir la división de género y racializada del trabajo por el capitalismo global, y de valorizar el trabajo reproductivo y de cuidado o incluso de actuar sobre estructuras que producen desigualdades. Fórmula ganadora bajo el ángulo del neoliberalismo, pero sin lugar a dudas perdedora desde la óptica del feminismo.

Si el feminismo ha sido atravesado por el neoliberalismo, también lo ha sido, ayer como hoy, por una corriente que postula la idea, consciente o no, de un supremacismo occidental y que, en consecuencia, ha producido un feminismo hegemónico. Para ilustrar esta idea, dos ejemplos emblemáticos: el de las militantes musulmanas que en tanto portadoras del velo se han visto expulsar de la marcha mundial de mujeres en Marsella el 8 de marzo de 2005, con el pretexto de que no tenían «nada que hacer ahí». El segundo caso, más cercano a nosotros [Bélgica, N. del T.], la estigmatización y la marginalización de las mujeres con velo en la escuela o en el mercado laboral, en Francia o en Bélgica, con el consentimiento de las feministas fundadoras y laicas, que consideran que el velo representa necesariamente un signo de opresión.

Señalando las múltiples contradicciones y ambigüedades del movimiento feminista, las mujeres del Sur u otras perteneciendo a los grupos minoritarios del Norte, se han posicionado en una perspectiva crítica opuesta al feminismo dominante, centrado en las preocupaciones y las experiencias de las mujeres occidentales. A pesar de la diversidad de grupos y contextos, tienen como punto en común, de una parte, «descolonizar» el movimiento y «arrancar» el feminismo del neocolonialismo y del neoliberalismo con el fin de reapropiárselo como proyecto emancipador y colectivo. Por otro lado, habiendo experimentado primeramente las opresiones cruzadas en sus efectos materiales y simbólicos, responden a ellas adoptando un enfoque «interseccional», tanto en sus análisis políticos como en sus luchas.

La postura ha sido desde luego de afirmar que «el género no se podía aprehender fuera de las relaciones de raza, de clase y de sexualidad y que las feministas hegemónicas liberales occidentales o «blancas» haciendo el juego al racismo, desigualdades de clase y heteronormatividad limitando el feminismo a una separación de género y sexo. Si bien las feministas «blancas» de la segunda ola habían cuestionado la asociación entre género y sexo y denunciado las normas de género impuestas a los individuos del sexo opuesto, ellas, en cambio, desde el punto de vista de las feministas críticas, no tuvieron en cuenta la racialización del género» (Ali, 2016).

Las mujeres dalit y musulmanas en la India, campesinas indígenas en México, afrofeministas y musulmanas en Europa se han estructurado gradualmente en una lógica de pertenencia a un grupo discriminado, al exterior de los movimientos unitarios. Rechazando el alineamiento, la asimilación y el principio de solidaridad no recíproca, se han reapropiado de aquellos espacios de los que habían sido desposeídas, para expresarse en nombre propio, en un registro ya no de víctima, sino de orden político, contribuyendo de esta manera a revitalizar el movimiento.

Estos nuevos colectivos, si bien concretizan un paso necesario y legítimo, crean sin embargo nuevos desafíos. La fragmentación de las luchas, entre el Norte y el Sur, entre unitarias y minoritarias e incluso entre grupos racializados, trae de nuevo la cuestión de la identificación de las razones de la división y las condiciones de su superación, para crear nuevas convergencias posibles. «Mientras que estemos en negación, ya no haré más alianzas», afirmaba una militante afro-feminista [10] , ante el surgimiento del sentimiento negrófobo en las comunidades árabes y el no reconocimiento de heridas, aún abiertas, causadas por trece siglos de trata de esclavos árabe.

La invisibilización de las mujeres musulmanas negras en el feminismo musulmán es otro ejemplo de esta historia no resuelta. Volver sobre las opresiones de ayer y de hoy, reconociendo las relaciones de dominación, no debe participar en la estrategia de división de los «oprimidos». Por el contrario, este reconocimiento es una condición necesaria para que nuevas convergencias perduren en el tiempo (Tsheusi-Robert, Ouattara, 2018).

Otro desafío importante, estos grupos que comparten preocupaciones específicas y experiencias de vida similares, no constituyen sin embargo grupos homogéneos y deben desde luego vigilar a no reproducir en su propio seno las relaciones de poder y las jerarquizaciones de las que son víctimas y de las cuales pretenden separarse. Exigencias de inclusión, de descentralización y de reconocimiento de las desigualdades de poder y de privilegio se convierten en pasos indispensables de un feminismo que quiere encarnar sus reivindicaciones (ídem).

La trampa en la que algunos partidarios de la interseccionalidad, principalmente institucionales, han caído, es reducir su uso a un examen reflexivo de las posiciones individuales y comprenderlo en términos de identidades y de roles contradictorios y no en términos de relaciones sociales. El concepto entonces se convierte en un simple instrumento de medida «de las desventajas acumulativas» que poco convienen a los cuestionamientos de las dimensiones estructurales, de las lógicas de poder y de las dinámicas históricas. Para evitar este paso en falso y mantener su capacidad de acción política, el reconocimiento de las diferencias debe encontrarse con «el reconocimiento de la existencia de estructuras globales del capitalismo y del imperialismo racializadas y de género», insiste Kalpana Wilson. La reapropiación de los conceptos críticos de interseccionalidad y de género, desmontados e incorporados por el neoliberalismo, sólo será posible en estas condiciones.


Notas

[1Según la denominación oficial de las Naciones Unidas.

[2Las palabras «radical» y «radicalidad» se usan en su sentido literal, es decir, un análisis político que aborda «la raíz» de los problemas.

[3«Racializad@s» no es una noción descriptiva sino analítica. «Los individuos son objeto de una ‘racialización’, esto es, de una construcción social discriminatoria, marcada por lo negativo, a lo largo de la historia» (Vergès, 2017).

[4«Invierte en una chica y ella hará el resto» es uno de los lemas de la campaña «efecto chica» de Nike.

[5Los Estados Unidos y muchos países europeos se consideraban como «democráticos», mientras se negaban a permitir que las mujeres votaran en el sufragio universal.

[6El término «minoría» no se utiliza en un sentido cuantitativo, sino en términos de relación de poder. Por lo tanto, se incluye a las mujeres en esta expresión.

[7En particular, las organizaciones de derechos de la mujer, los organismos gubernamentales de igualdad de oportunidades y/o los comités designados por el gobierno que expresan las posiciones del feminismo mainstream. Es decir, un cierto «feminismo de Estado» (Tissot, 2007).

[8Los medios de comunicación desempeñan un papel activo en la resonancia de los discursos pseudofeministas desarrollados en un marco nacionalista, contribuyendo así al crecimiento de la islamofobia y al sentimiento antiinmigrante. La prensa atribuyó a los «refugiados sirios» y a los «inmigrantes ilegales» las agresiones sexuales y los robos masivos contra las mujeres en la víspera de Año Nuevo de 2015 en Colonia, de los que se hicieron eco los políticos. Se ha establecido un presunto vínculo entre la violencia sexual y el islam. De manera más general, el preocupante fenómeno del feminicidio ha sido comúnmente presentado a la opinión pública occidental como inherente a las «culturas menos civilizadas», incluso las «musulmanas». Sin embargo, este delito es sin duda uno de los más «compartidos» del mundo, en términos de clase y de «raza» (Brion, 2018; Lamrabet, 2012).

[9Contracción de «work for your welfare». En español, «trabaja para tus beneficios sociales». Sistema diseñado para condicionar la asistencia social al trabajo a realizar por el beneficiario.

[10Con motivo del coloquio Afroféminismes et féminismes musulmans : des luttes en miroir ?, ULB, Bruselas, 20 de abril de 2018.


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