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Prefacio

Las autonomias multiculturales en el contexto de la mundialización

La autonomía ha cobrado gran importancia durante las últimas décadas. Sin embargo, este problema no es nuevo, porque desde hace miles de años los pueblos han sido conquistados y marginados, perdiendo sus medios de existencia, su identidad política y sus posibilidades de expresión. En la actualidad, los fenómenos autonómicos alcanzan nuevas dimensiones, precisamente a causa de la mundialización, y suscitan fuertes polémicas acerca de su sentido y sus funciones. Baste recordar que existen cerca de 5000 pueblos autóctonos o indígenas (algunos los llaman “pueblos originarios”) en el mundo y que representan alrededor de 300 millones de personas, es decir, cerca del 0,5% de la población mundial. Cerca del 80% de ellos viven por debajo del umbral de la pobreza. Ningún continente se escapa de esta realidad. Pero de entrada, es necesario precisar los conceptos con el fin de comprender el espíritu y los objetivos de esta investigación.

Mundialización y autonomía

Mundialización designa, en este contexto, la fase neoliberal del capitalismo, que extiende la ley del valor al conjunto de las poblaciones del globo terráqueo. Al liberalizar los bienes y servicios a escala planetaria, bajo condiciones de enormes desigualdades, este sistema económico amplía las fronteras de la explotación de los recursos naturales y del trabajo hacia los confines planetarios y afecta, de esta manera, el destino de los pueblos autóctonos.

Como plantea Bernard Duterme : “Paradójicamente, en tanto que la actual globalización se revela desastrosa en una buena cantidad de aspectos para los pueblos marginados, crea a su vez las condiciones para su emergencia en tanto actores sociales con identidad propia. La aceleración de la mundialización lleva en sí misma los gérmenes de reafirmaciones culturales, locales o regionales. Como sabemos, la fuerza disgregadora de la lógica económica liberal desata las solidaridades nacionales e induce una fragmentación de los principales actores sociales y sus identidades colectivas. En América Latina y en otras partes, la tendencia se acompaña de una proliferación de movimientos con identidad religiosa, nacional o étnica” [B. Duterme, 2002].

La autonomía es un concepto ambivalente. Puede significar la base indispensable para la sobrevivencia material, política y cultural necesaria para un grupo humano, pero también puede comprenderse como el repliegue en sí mismo basado en el egoísmo colectivo. Evidentemente, cuando hablamos de autonomía en esta obra utilizamos el primer sentido. Pero la ambigüedad no termina aquí. La opción neoliberal utiliza también este concepto con el fin de crear entidades de reducida dimensión, que van a la par con el debilitamiento del Estado Nación, y que permiten dejarle el campo libre a las fuerzas del mercado. Lo mismo sucede con las políticas de descentralización, las cuales presentan la misma ambivalencia. Además, el vocablo recubre realidades diferentes. No es lo mismo la autonomía de los pueblos indígenas cuando los autóctonos son minoritarios, que la autonomía de las naciones frente a poderes exteriores cuando éstos son mayoritarios.

Tampoco se trata de una realidad estática. Desde el punto de vista de la construcción social, es posible referir a un proceso autónomo, cuando es el resultado de luchas sociales o movimientos destinados a desembocar en una estructura de diversos componentes : políticos, territoriales, económicos y culturales.

La multiculturalidad, en nuestro caso, parte de un concepto dinámico de la cultura. No se trata de fundar museos, sino, por el contrario, de suscitar la difusión de la vida en todas sus dimensiones. La cultura es el conjunto de las representaciones con respecto a la naturaleza y las relaciones sociales, del sentido del mundo y de la existencia en todas sus expresiones (lenguaje, arte, derecho, religión…) Resulta imposible separar las condiciones materiales de los grupos concernidos o de su organización política. La cultura es un todo, cuyos elementos están en relación permanente. Además, ninguna cultura puede constituirse sin intercambios con otras. Las culturas están vivas o no, cuestión que expresa con toda claridad Joaquín Herrera Flores en su importante obra acerca del proceso cultural [2005, 24]. Ellas constituyen un elemento esencial en el proceso de dominación y, en consecuencia, en el proceso de las luchas sociales. La multiculturalidad es la coexistencia dinámica de diversas construcciones mentales colectivas y significa riqueza si existe un reconocimiento mutuo. No puede ser la “domesticación de lo diverso”, tal y como explica Armand Mattelart [2005, 6].

La reacción de los pueblos indígenas

Habría que añadir que existen también características culturales que son específicas de grupos sociales, castas o clases, y que se inscriben en conjuntos comunes. Los indígenas integrados a las clases medias urbanas o los “Indios” trabajadores en las minas tienen características diferentes a los del mundo campesino, aunque todos pertenezcan al mismo mundo étnico. La diversidad interna, aunque no podamos olvidar su origen, se añade al nivel del ideal de la multiculturalidad definida anteriormente.

A partir de 1982, la Organización de Naciones Unidas se enfrenta al problema de los pueblos indígenas desde el punto de vista jurídico. Desgraciadamente, el proyecto aún está en discusión, retardado por la oposición de Estados Unidos, Gran Bretaña y Australia. Durante la preparación de la Declaración de los Derechos de las Poblaciones Indígenas, el texto de 45 artículos encontró mucha oposición, a pesar de que había sido aprobado por la Subcomisión de los Derechos del Hombre, bajo la presión de reivindicaciones. La Organización Internacional del Trabajo (OIT) es la que ha hecho avanzar más este tema con el Convenio 169 de 1989. Este reconoce el derecho a la auto identificación como base de un sujeto de derecho.

Desde el punto de vista socioeconómico, la mundialización neoliberal ha reforzado las reacciones de los pueblos autóctonos, dada la doble agresión económica y cultural. La primera ha hecho crecer las reivindicaciones de autonomía y la segunda las demandas de interculturalidad, esto es, el respecto mutuo dentro del reconocimiento de las diferencias. Evidentemente, no ha sido la organización capitalista de la economía, y mucho menos la mundialización actual, lo que ha provocado la marginación de estos pueblos. Esta existía mucho antes. Pero el proceso se ha ampliado considerablemente como consecuencia de la lógica del mercado mundializado.

En América Latina, la conquista de los siglos XV y XVI desembocó en la explotación de la mano de obra, llegando hasta el genocidio, sin hablar del comercio triangular que le sucedió. Se trataba de la fase mercantil del capitalismo. Ciertamente, los grandes imperios precolombinos, desde los mexicas hasta los incas, habían reducido las poblaciones locales bajo su dominio al estado de satélites, en una relación tributaria, pero generalmente baen el marco del respeto de una autonomía relativa. Por el contrario, la colonización hispánica redujo completamente a los pueblos del continente, no solamente en el plano político, sino también a través de la sumisión de sus economías y la negación de sus culturas.

En la actualidad, las poblaciones indígenas de América Latina, más o menos estabilizadas en una posición subalterna a través del tiempo, sufren las presiones crecientes del capitalismo neoliberal. La explotación de las materias primas cada vez más escasas (petróleo, minerales, madera) tiene efectos cada vez mayores en los territorios tradicionales. Los pueblos autóctonos pierden una parte importante de sus medios de subsistencia. En muchos casos, sus tierras y subsuelos producen gran parte de la riqueza nacional de países cuyos miembros son los ciudadanos y ellos se sienten despojados de los frutos de su patrimonio. Este es el caso de Bolivia con el petróleo y el gas, el de Chiapas con el petróleo y los bosques, el del Amazonas ecuatorial con los hidrocarburos y el oxígeno, el de los habitantes de la costa Atlántica de Nicaragua y de Honduras con los bosques, donde más de la mitad han sido saqueados en un cuarto de siglo, el de los pueblos autóctonos de Colombia, los cuales en ciertas regiones han sido expulsados violentamente de sus tierras por la expansión de la palma africana (futuro sustituto del petróleo) y el de todos los territorios del continente donde las empresas trasnacionales se adueñan de la biodiversidad.

Por estas razones, en toda América Latina se aprecian reacciones cada día más visibles y numerosas. Ellas tienen una nueva dimensión, como la expresada en la revuelta zapatista de Chiapas (México) el 1ro de enero de 1994, día de entrada en vigor del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLC). Este concierne a México, Estados Unidos y Canadá, y significa una integración de la economía mexicana en un conjunto dominado por el socio más fuerte y, por supuesto, para provecho de éste. Los zapatistas comprendieron bien esto. La reivindicación de una identidad cultural y política, tan antigua como la colonización, tomó entonces otra dimensión, porque incluía el análisis y la acción contra la dominación económica de los poderes capitalistas y contra el imperialismo que los representa.

América Latina es un continente donde las luchas de los pueblos autóctonos han tomado dimensiones específicas que anuncian lo que podría suceder. Estos movimientos, como explica Bernard Duterme : “logran articular en la actualidad una doble dimensión cultural y social en sus luchas eminentemente políticas. Ellos combinan, de manera innovadora, pertenencia étnica, protestas éticas y acciones sociales y políticas. Sus reivindicaciones van desde el reconocimiento de los derechos humanos de los indígenas hasta la democratización en profundidad del país y la crítica del modelo de desarrollo neoliberal. Con una identidad lo suficientemente fuerte para no diluirse, y lo suficientemente abiertos para no replegarse, estas rebeliones multiplican las redes – locales, nacionales e internacionales – sin oponerlas. Ellas manifiestan, por parte de las poblaciones indígenas que las animan, una voluntad de emancipación, de apropiación y de dominio de la modernidad. Una voluntad de focalizar el debate en la democratización del sistema político y del Estado en su relación con los actores sociales, así como en el cuestionamiento del sistema económico dominante” [B. Duterme, 2002].

Guillermo Almeyra aporta una precisión suplementaria : “Las reivindicaciones de las clases campesinas (tierra, créditos, agua, desarrollo) se unen a las reivindicaciones étnicas (derechos, educación en lenguas locales, reconocimiento de la igualdad jurídica) y le brindan una base a un gran proceso de democratización y de lucha por la justicia. Ahora bien, aunque todas las reivindicaciones son democráticas y, si las tomamos una por una, son compatibles con el sistema capitalista, éste no puede concedérselas ni global ni singularmente. Los objetivos reformistas se transforman entonces en luchas radicales contra el capitalismo” [Guillermo Almeyra, 2004].

Sería bueno recordar que uno de los principales efectos de la fase neoliberal del capitalismo es la mundialización creciente del sistema económico bajo la égida del capital. En efecto, no se trata solamente de la sumisión real del trabajo por el capital a través del salario. Esto va más lejos, porque el conjunto de quienes producen los medios de subsistencia, sin ser asalariados, también está concernido. El capital los conduce hacia la lógica mercantil a través de otros mecanismos de orden jurídico o financiero ; lo que Marx llamó la sumisión formal. Se trata de los planes de ajuste estructural, de los tratados de libre comercio, de la fijación de los bajos precios agrícolas, de las reglas de la OMC, del pago de la deuda, de los paraísos fiscales, del robo de cerebros, en fin, de todo lo que organiza la explotación de las periferias, reduciendo las posibilidades de sobrevivencia y disminuyendo la rentabilidad del trabajo. Todos los grupos sociales están siendo afectados por esta lógica de explotación : los pequeños campesinos, los trabajadores del sector informal, las mujeres, los jóvenes, y también los pueblos indígenas son directamente agredidos.

Por otra parte, en Asia y en África, el acaparamiento de las tierras por los colonizadores europeos reforzó desde el siglo XVI el proceso que habían comenzado los pueblos inmigrantes, que expulsaban de sus territorios a los autóctonos. En la actualidad, constatamos fenómenos similares en los diversos continentes del Sur a los descritos a propósito de América Latina. En Kerala, por ejemplo, la “ley sobre los territorios” (autonomía) fue aprobada en 1975, pero nunca se aplicó. Las poblaciones tribales (como se le llaman en la India) reivindican su aplicación. Este movimiento ha tomado amplitud y en la actualidad sus dirigentes son calificados de terroristas.

Hay un incidente particular que merece ser mencionado : las protestas contra una fábrica de Coca Cola instalada en una región tribal montañosa rica en agua. Esta empresa usaba y vaciaba los pozos de los habitantes y sus desechos tóxicos contaminaban sus suelos. Un gran movimiento solidario se formó entre las diferentes tribus para oponerse ante tal destrucción y la empresa tuvo que reducir su producción.

En Tailandia, los indígenas Karen, quienes están situados en el Oeste y el Norte del país, han visto sus tierras de cultivo tradicionales (arroz, sobre todo) reducirse progresivamente como consecuencia de dos factores. Por una parte, el Gobierno declaró parques nacionales a estas tierras de montañas abundantemente boscosas (para defender el medio ambiente), lo cual forzó a una parte de los Karen, sobre todo a los jóvenes, a emigrar hacia las ciudades donde se convierten en mano de obra barata para los inversionistas nacionales o extranjeros. Por otra parte, las grandes empresas trasnacionales de negocios agrícolas, Monsanto entre otras, extendieron sus cultivos de maíz transgénico para la exportación, utilizando a los pequeños campesinos Karen como mano de obra y reduciéndolos a una total dependencia económica, a la vez que hicieron desaparecer los cultivos de subsistencia. Otro ejemplo asiático es el de Vietnam, donde con la entrada de la economía de mercado, la extensión del cultivo de café (multiplicado por 60 en pocos años), se hizo en tierras de minorías étnicas, lo que acentuó considerablemente los conflictos entre ellos y la mayoría Kin vietnamita. Todo esto muestra que se trata de una evolución general vinculada a la mundialización capitalista.

Comprendemos entonces cómo se refuerzan las reivindicaciones en tanto formas de protección contra las agresiones económicas. Ellas también se manifiestan a través del apoyo a los proyectos de descentralización. En Chiapas, la iniciativa de los caracoles y las Juntas de Buen Gobierno, organización regional de la gestión colectiva va en este sentido. En Bolivia, el proceso político de descentralización suscitó muchas esperanzas. En efecto, la descentralización permite definir un intento de marco legal dentro de los Estados naciones, que permite una mayor responsabilidad local en las esferas política y económica. Los grandes organismos internacionales, tales como el Banco Mundial o el FMI la apoyan, y en algunos casos, como el de Nicaragua, han exigido la aplicación de leyes para la autonomía. Podríamos preguntarnos ¿por qué ? No se trata, por supuesto, de preocupaciones por el bienestar de los pueblos indígenas, sino de reforzar la lógica general del desmantelamiento del Estado. En efecto, a menudo los medios necesarios para lograr la descentralización no se les brindan a las entidades locales y, algo que se verifica en el caso de Bolivia, es mucho más conveniente para los poderes económicos negociar con las autoridades locales que con un Estado nacional. La relación de fuerzas es diferente.

Nuevamente citando a Bernard Duterme, “los movimientos emergentes parecen haber aprendido la lección que le brindaron los antagonismos de ayer entre los sindicatos campesinos y las organizaciones indígenas. Mientras los primeros, con provecho “clasista”, le dieron la prioridad en sus análisis y reivindicaciones a las relaciones sociales y a la posición social de sus bases, los segundos, más culturalistas, tendieron a privilegiar las opciones de recuperación de las tradiciones, e incluso de recuperación de antiguos órdenes, aunque fuesen injustos en el plano social. Las rivalidades entre los líderes de las dos tendencias fueron causas de divisiones en el movimiento popular, campesino e indígena, y terminaron radicalizando y polarizando las diferentes posiciones” [B. Duterme, 2002].

Al igual que la reivindicación de la autonomía es una respuesta ante la agresión económica, la de la multiculturalidad está relacionada lógicamente con la agresión cultural. Se trata de exigir una coexistencia real y no subalterna entre las culturas, y esto en sus expresiones concretas. El lazo con la autonomía es evidente, porque resulta muy difícil vivir una identidad cultural sin un espacio de expresión. Los campos de aplicación son numerosos : la educación con un espacio para las lenguas locales, la salud y la medicina usando plantas tradicionales, la religión con una salida de la clandestinidad de los ritos y agentes religiosos de los cultos originarios.

Habría que añadir, en ciertos casos, que existe una conciencia creciente acerca de que los aportes de la cultura precolombina pueden tener un papel importante en la crítica de la modernidad conducida por el sistema económico actualmente mundializado. En efecto, sean cuales sean sus modos de expresión, hay dos pilares culturales de los pueblos autóctonos que resultan importantes de señalar : la simbiosis entre los seres humanos y la naturaleza y la solidaridad entre los miembros del grupo social. El primero nos permite una mirada crítica acerca de la explotación puramente instrumental de la naturaleza y sobre las destrucciones ecológicas que son su resultado. El segundo contradice el individualismo exacerbado por la lógica del provecho, y coloca el acento en el colectivo. Sin dudas, la eficacia de tal pensamiento está condicionada por la aceptación de un método analítico que coloque en sus esferas respectivas las explicaciones con respecto a la naturaleza y las relaciones sociales. Ello presupone una toma de distancia crítica frente a un pensamiento simbólico que identifique el símbolo con la realidad y que Lévi - Strauss llamó el pensamiento mítico.

Se trata entonces, en esta perspectiva, de crear una diversidad aceptada y de concebir la cultura (conjunto de representaciones de lo real) como algo vivo y, en consecuencia, cambiante. Sin embargo, las transformaciones no deben ser impuestas desde el exterior ; por el contrario, deben ser la consecuencia de una adaptación constante ante circunstancias históricas, de orden social, económico, político, que le permitan a la cultura tener un papel activo en la definición de estos elementos. Ninguna cultura se construye sin un contexto, y pensar las cosas de otra manera conduciría a crear un objeto petrificado o a caer en el culturalismo. Una nueva orientación se percibe cada vez más en los movimientos indígenas, ya sea porque analizan las situaciones de manera global, como fue el caso de la Cumbre indígena de Quito en julio de 2004, antes del Foro Social de las Américas, ya sea porque llevan a cabo una acción política como la otra campaña, como en el caso de los zapatistas, y que se expresa en la Sexta Declaración de la Selva Lacandona o en la marcha de sus dirigentes a través de México, o incluso en el MAS (Movimiento por el Socialismo) que abraza en Bolivia la causa de los cocaleros, y lleva a su máximo dirigente a la presidencia de la república, y que al propio tiempo reivindica la soberanía nacional boliviana en materia de petróleo y de gas.

Trampas, derivaciones y ambivalencias

Todo esto nos conduce, para concluir, a regresar a las preguntas de fondo. La reivindicación de autonomía y de multiculturalidad debe evitar un cierto número de trampas. La primera de ellas está en las tesis culturalistas modernas. Como se sabe, esta escuela tiene una historia reciente sin “grandes discursos”, lo que permite refutar la existencia de sistemas o estructuras y priorizar las diferencias sobre las aspiraciones universales. Se tratará entonces, con respecto a las autonomías, de administrar democráticamente el pluralismo a ras del suelo, algo que no puede ser una respuesta adecuada ante el capitalismo mundializado, el cual origina la aceleración de las resistencias. El riesgo radica en reivindicar especificidades irreducibles que desembocarán en repliegues culturales, tal y como lo explica Jean-François Vallart en su libro : La ilusión de la identidad [1996].

Una segunda trampa es la que tiende el sistema dominante. Algunos han comprendido bien la ventaja que se puede sacar de los procesos de autonomía. Esto es lo que expresa Jean-Luc de Meulemeester cuando afirma : “El cuestionamiento de las creaciones pluriétnicas heredadas de la historia es visto, a veces, como un elemento que requiere una necesaria modernización : la democracia y la economía de mercado conducen a una forma de movilidad y de debate y nutren la necesidad de hablar el mismo idioma ; el libre intercambio reduce los costos vinculados con la creación de micro Estados homogéneos, en tanto que en ellos se facilita el proceso democrático” [J.L. De Meulemeester, 2005].

Es el caso de regiones como Santa Cruz en Bolivia, o Guayaquil en Ecuador, sin hablar de Eslovenia en Yugoslavia o de la Lombardia en Italia. En resumen, iríamos hacia el desmembramiento sociopolítico sobre bases culturales. Tal y como señala Samir Amin : “El principio democrático de base, que implica el respeto real de la diversidad nacional, étnica, religiosa, cultural, ideológica, no sabe enfrentar los entuertos. La diversidad sólo puede ser bien administrada a través de la práctica sincera de la democracia. En su defecto, se convierte fatalmente en un instrumento que el adversario utiliza con fines propios. En este plano, las izquierdas históricas han sido frágiles” [Samir Amin, 2004].

En efecto, una politización precipitada que tiende a integrar de manera voluntarista las reivindicaciones indígenas en la agenda de una acción política anticapitalista, ha agotado, a menudo, las cartas y ha bloqueado a aquellos que también perseguían objetivos propios. Pero en la actualidad, añade Samir Amin : “existe una estrategia política global de la gestión mundial. El objetivo de esta estrategia busca desagregar al máximo a las fuerzas anti sistémicas potenciales a través del apoyo al desmembramiento de las formas estatales de organización de la sociedad. ¡Tantas Eslovenias, Tchechenias, Kosovos o Kuwaits como sean posibles ! La utilización de reivindicaciones de identidad, e incluso su manipulación, son bienvenidas. El problema de la identidad comunitaria, étnica, religiosa o de cualquier otro tipo son, de hecho, problemas centrales de nuestra época” [Samir Amin, 2004].

Hemos también hecho alusión anteriormente a la gran vulnerabilidad de las entidades locales frente a las fuerzas del mercado. Es verdad que el nacionalismo también ha desembocado en el etnocidio de las minorías. Este fue el caso en varios países de Asia. En menor medida, el centralismo de Estado jacobino terminó también en el rechazo de las diferencias. Esto se ha producido en muchos lugares del mundo, incluyendo a Asia, como se muestra en la obra de Sandrine Basilino sobre Vietnam [2004]. Ello ha provocado numerosas reacciones que deben ser bien analizadas, porque pueden incluso alimentar fundamentalismos religiosos, tales como el caso del islamismo político. Este último se desarrolló a partir del principio del siglo XX, cuando el nacionalismo árabe apareció como un peligro por el Occidente.

Una tercera trampa es la del riesgo de olvidar los fenómenos migratorios. En la actualidad, una proporción creciente de las poblaciones indígenas, sobre todo jóvenes, no viven en sus territorios de origen y se mezclan con otros, sobre todo en las metrópolis urbanas. Las personas involucradas no pierden, sin embargo, su sentido de pertenencia, pero las condiciones de la multiculturalidad son otras. Sin ignorar el fenómeno, el proyecto Latautonomy no lo ha abordado tal cual. Se ha concentrado en las condiciones de una autonomía “sostenible” con base geográfica, punto importante de referencia para todos aquellos que pertenecen a una tradición cultural, y que forma la base de la multiculturalidad, incluso para quienes viven fuera del territorio.

A pesar de que los ejemplos utilizados en este trabajo son muy diferentes entre sí, ellos constituyen facetas de una misma realidad, a la vez múltiple : la aspiración de los pueblos al reconocimiento de su existencia, de su identidad, de sus derechos, sin ignorar su participación en objetivos más amplios, como los de naciones pluriétnicas o pluriculturales, continentes descubriendo necesidades de integración política y económica y un universo mundializado que busca otro tipo de mundialización.

Esto es lo que nos ha conducido a extender las perspectivas y a mostrar, a través de algunos ejemplos, que la experiencia de los pueblos autóctonos de América Latina podría aportar elementos importantes para la reflexión en otros continentes, particularmente en Europa. En efecto, las sociedades europeas se convierten cada vez más en multiculturales, como consecuencia de las migraciones [Albert Bastenier, 2004]. Se trata en este volumen de situaciones específicas, pero que esclarecen los problemas que se plantean para el futuro de los pueblos y de las culturas.

Bibliografía

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ALTERNATIVES SUD, El futuro de los pueblos autóctonos – La suerte de las “primeras naciones”, Vol. VII (2000), N° 2
ALTERNATIVES SUD, Culturas y mundialización, Vol. VII (2000), N° 3
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DUTERME B., Los movimientos indígenas en América Latina, La Revue nouvelle, octubre 2002.
HERRERA FLORES J., El proceso cultural - Materiales para la creatividad humana, Sevilla, Acongana Libros, 2005.
MATTELART A., Diversidad cultural y mundialización, París, La Découverte, 2005.
VILLART J.F., La ilusión de la identidad, París, Fayard, 1996.


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