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Movimientos Sociales

Hipótesis para el debate

Argumenté en un artículo anterior
que parte del atractivo de los
movimientos sociales entre los
intelectuales de la izquierda radical
responde a una mezcla de
frustraciones y de nostalgias inconfesadas
que, a menudo, les
lleva a percepciones sesgadas y
fantasiosas de la dinámica empírica
de dichos movimientos. Como
escribía entonces: “Hoy en
día, no se sabe muy bien qué es la
revolución, ni quiénes son los
revolucionarios y los reformistas,
entonces la mejor manera de distinguir
lo ‘puro’ de lo ‘impuro’
puede ser defender la virginidad
de movimientos sociales idealizados
contra cualquier contaminación
institucional”
 [1]. De ahí
que el debate sobre movimientos
sociales y política institucional se
encuentra enredado en una serie
de reflejos condicionados y de
presupuestos inexplicados. Como
lo señalan Pablo Ospina y sus
coautores en una encuesta en
curso de publicación sobre el
movimiento indígena ecuatoriano
y sus gobiernos locales, “uno
de los defectos de la tesis de los
decepcionados por el debilitamiento
del potencial contestatario
y anti–capitalista del movimiento
indio, es que no hay suficientes
evidencias de que hubiese
existido una intención semejante
‘antes’ de haber sido anulada
‘ahora’ por efectos de la participación
electoral”
. Eso vale para
muchos casos, incluso en amplia
medida para el movimiento obrero
clásico. Sin embargo, la esperanza
que los movimientos sociales
puedan ofrecernos una especie
de “plusvalía” de radicalidad
prometedora de nuevas alternativas
políticas y sociales tiene una
cierta racionalidad y legitimidad
en vista de la profunda frustración
legada por las grandes experiencias
de transformación social
del siglo XX. Vale la pena volver
brevemente sobre estas experiencias.

La socialdemocracia clásica preconizaba
un matrimonio de razón
con un capitalismo nacional que
necesitaba nuevos equilibrios
sociales. En el marco de lo que
algunos describen como el “compromiso
fordista”
, alcanzó en
algunos países del Norte niveles
de bienestar, de reducción de las
desigualdades y de democratización
sociales bastante envidiables
y nítidamente superiores al
desempeño de los despotismos
burocráticos de tipo soviético.
Sin ni siquiera explayarse sobre
las decenas de millones de muertos
de la colectivización forzada,
de las purgas stalinistas y del
gulag, o sobre los campos de reeducación
chinos, la barbarie de la
Revolución cultural o del genocidio
camboyano, el fracaso generalizado
de las economías de tipo
soviético se manifestó por una
incapacidad notable de superar la
fase supuestamente transitoria de
la acumulación extensiva (y sanguinaria)
, que el propio Lenín
definía en abril del 1918 como
necesaria imitación “de la escuela
del capitalismo de Estado alemán,
aplicándonos a asimilarlo
con todas nuestras fuerzas, sin
escatimar los procedimientos
dictatoriales para implantarlo en
Rusia más rápido aún de lo que
había hecho Pedro I para los costumbres
occidentales, sin vacilar
frente al uso de métodos bárbaros
para luchar contra la barbarie”
.
Mientras algunos se satisfacían
de la explicación de tamaña catástrofe
por un simple problema
de aplicación defectuosa de principios
sanos e indiscutibles, otros
se dejaron convencer que la vía
reformista gradual elegida por
los socialdemócratas, si supiese
añadir a su recetario ingredientes
como la equidad de género, el
desarrollo sustentable y las ansias
de participación ciudadana,
podría ofrecer una alternativa
decente en la espera de tiempos
mejores.
Sin embargo, como lo señala
Tarso Genro, “la socialdemocracia,
como organización socioeconómica
completa, solo existe
como experiencia restringida en
pocos países, si bien algunas
cláusulas del contrato social-demócrata
fueron implementadas
en varias naciones del globo.
Hoy, la mayoría de esta experiencias
está en crisis y proceso de
‘adaptación’ a las recetas neoliberales,
lo que demuestra la bajísima
capacidad de resistencia de
la social-democracia a las exigencias
reaccionarias del capital
financiero globalizado”
. De hecho,
con la “tercera vía” blairista
y sus equivalentes, ya no se trata
de un matrimonio de razón, sino
de un matrimonio de amor con un
capitalismo nómada y especulativo
sin ningún compromiso social
serio, y los socialdemócratas se
limitan a menudo a defender la
modernización de la infraestructura
económica y los intereses de
la nuevas clases medias.

Mientras tanto, en el mismo Norte
desarrollado, hay cada vez más
gente que rechaza la inseguridad
económica generalizada, la colonización
de la existencia por el
mercado e incluso la privatización
biotecnológica de la vida. El
mal llamado movimiento antiglobalización
expresa el deseo de
preservar los derechos sociales,
proteger los equilibrios naturales
amenazados y tener una democracia
más participativa, tendiendo
puentes con las luchas de los
pueblos del Sur. Surgen en el
mundo nuevas líneas de fractura
que parecen desmentir la validez
de un enfoque gradualista moderado.
La agresividad redoblada
de la potencia norteamericana
parece vinculada a un inicio de
declive imperial, tal una larga
agonía de bestia herida que la
puede volver aun más peligrosa.
El nacionalismo mesiánico y unilateralita
de los neoconservadores
se combina con las perspectivas
catastróficas que anuncian la
creciente fragilidad energética y
financiera de EE.UU., el aumento
de las desigualdades internas,
la degradación de las infraestructuras
y la automutilación de la
capacidad de intervención pública
(cf. el huracán Katrina). El auge
espectacular de China y de India,
la posible consolidación de
un polo nacional-desarrollista en
la fachada atlántica de Sudamérica,
cohabitan con el caos medio-
oriental, el lento hundimiento
de África, la multiplicación de
las alertas ambientales y epidemiológicas
que amenazan con
volver aun más ingobernable la
divergencia entre Norte desarrollado
y Sur empobrecido. Un escenario
que parecería confirmar
lo que se solía definir como “la
agudización de las contradicciones
del capitalismo”
–en realidad
no sólo las del capitalismo, sino
también la contradicción entre el
desarrollo industrial en general y
la segunda ley de la termodinámica.
Pero al contrario de lo que
se solía decir, estas contradicciones
no garantizan ninguna vía de
superación automática, sino que
pueden perfectamente ser metabolizadas
por el mismo sistema y
desembocar en una combinación
de democracia restringida y liberalismo
autoritario (Locke para
las élites y Hobbes para las
masas, como decía un analista
perspicaz) con un “turbocapitalismo”
ultra-flexible que segmenta
y recompone sin fin la sociedad
en islotes incomunicados
y privatizados cuyo único imaginario
común es el liquido amniótico
del espectáculo mediático,
con sus efectos narcóticos de generación
de una creciente inmadurez
colectiva. Con todos los
matices y las diferencias acumuladas
entre los países del centro y
de la periferia (ellas mismas relativizadas
por la emergencia de un
“Norte” dentro del “Sur” y de un
“Sur” dentro del “Norte”), el
escenario se podría describir más
o menos como sigue: para los
profesionales calificados y las
clases medias más o menos competitivas,
la auto-explotación
“creativa” al servicio de la subsunción
real de las redes de inteligencia
colectiva por el capitalismo
cognitivo; para la plebe sin
calidades, la exclusión y/o la
neo-domesticidad precarizada
dentro de una economía post-for-
dista de servicios y de servidores –o más bien de siervos desterritorializados.

En este marco poco alentador,
¿qué papel pueden jugar los movimientos
sociales?, a sabiendas
de que son marcados por limitaciones
que he tratado de describir
en otra ocasión: el hecho de que,
si bien pueden tener una influencia
indirecta, son estructuralmente
ajenos a los mecanismos centrales
de formación de las políticas
públicas, que se encuentran
generalmente minoritarios en la
sociedad y entre los mismos sectores
populares y subalternos, y
que no tienen ninguna perspectiva
clara y garantizada de sociedad
alternativa [2]. Propondría como
hipótesis las perspectivas siguientes:

  • La repolitización de los problemas
    técnicos y supuestamente
    “gerenciales” y la fiscalización
    de los mecanismos de
    decisión, lo que no significa
    complacerse en la ignorancia
    populista o la remoción ideológica
    de los problemas de
    coordinación, de eficiencia y
    de sustentabilidad de la producción
    económica y de la
    reproducción social.
  • La reconquista de los espacios
    públicos contra el embate privatizador
    del capital y del individualismo
    consumista, lo que
    no significa la negación de la
    esfera de la autonomía individual
    ni de la legítima separación
    entre público y privado [3]
    aún menos el alistamiento de
    todas las energías individuales
    en una sociedad de movilización
    permanente y de saturación
    del cuerpo social por las fantasías heroicas del “líder” o
    de la “vanguardia”.
  • La resistencia a la colonización
    del mundo de la vida por
    el fetichismo de la mercancía y
    la división del trabajo, lo que
    no significa ceder a un sueño
    infantil de regreso a una plenitud
    comunitaria pérdida, de
    transparencia y homogeneidad
    social tranquilizadora y de
    voluptuosa fusión con la madre
    naturaleza [4].

Más allá de una siempre posible
involución hacia un gremialismo
o un corporatismo sin horizonte,
ahí estaría el espacio de intervención
de los movimientos sociales.
O sea que no se trata de concebirlos
como sustituto de una vanguardia
leninista, lo que es más o
menos el modo en que Atilio Borón,
en el Foro Social de Quito de
2004, describía el MST, “organización
de cuadros revolucionarios
profesionales”
supuestamente
capaz de hegemonizar las fuerzas
más avanzadas del campo popular,
olvidando su carácter de
movimiento campesino sectorial
en una sociedad con más de 80%
de población urbana. Tampoco se
trata de ver los movimientos sociales
como contra-sociedad ajena
a todas las perversiones jerárquicas
y competitivas del sistema
imperante, lo que parece ser la
visión un poco angelical y consoladora
de un autor como Raúl
Zibechi y de los admiradores de
John Holloway.

Ahora bien, como lo señalaba en
el artículo citado, “por sí misma,
la dinámica de la autoorganización
social no diluye los dilemas
de la lucha por el poder estatal,
de la formación conflictiva de la
voluntad general, de la institucionalización
de las reglas de convivencia
social y de deliberación
pública, de la administración equitativa
de los recursos, de la
representación de los ciudadanos
y de su participación activa en los
asuntos públicos”
. Este es el espacio
propio de lo político, cuya
frontera con lo social es por supuesto
porosa, cambiante y objeto
de disputa permanente entre
los mismos actores sociales. Sin
embargo, la democracia –y eso
incluye una democracia poscapitalista–
como construcción social
de un espacio público, donde las
reglas plasman los conflictos y
éstos reestructuran las reglas y
transforman a los mismos actores
y sus intereses exige, también otros
instrumentos de intervención
pública e institucional que la dialéctica
reivindicativa e identitaria
de los movimientos sociales.
Plantear el tema de la especificidad
de la organización política no
significa para la izquierda que se
deba retomar la forma-partido
clásica, sea en su versión reformista
o revolucionaria. De hecho,
la flexibilidad y la pluralización
de los modos de identificación
social, las formas de articulación
en red facilitadas tanto por
la tecnologías de comunicación
como por la cultura antijerárquica
y “horizontalista” de los nuevos
actores sociales (la juventud
en particular), la misma complejidad
estructural de las sociedades
contemporáneas, implican repensar
las modalidades de relacionamiento
y coordinación entre
actores político-institucionales y
colectivos sociales autónomos
dentro del campo popular.

Desde este punto de vista, resultaría
interesante analizar los logros
y las limitaciones de experiencias
organizativas novedosas y a veces
muy poco conocidas o estudiadas
como la que el filósofo y activista
marxista venezolano Alfredo
Maneiro, fundador de La Causa
Radical, había ideado en los años
70 y 80 bajo la forma de una coordinación
política relativamente
descentralizada (“conjura de iguales”)
de cuatros focos de organización
autónomos: las luchas barriales
y vecinales del gran Caracas,
el nuevo sindicalismo democrático
y combativo de Guayana, la
lucha estudiantil y los núcleos de
construcción de debate ideológico
y programático en el campo intelectual
y cultural. Para citar un
ejemplo diferente y más contemporáneo,
en Italia, una organización
política de izquierda como el
PRC (Partido de la Refundación
Comunista) decidió hace poco
abandonar totalmente los rezagos
de estructuración leninista o kominterniano
y abrir sus espacios
de debate interno y representación
institucional a una cuota mínima
de colectivos y actores sociales independientes,
ellos mismos articulados
en redes de alcance y geometría
variables. En el Ecuador,
recoger y sistematizar estas ideas
podría ser parte del trabajo de
reflexión y de proposición de lo
que se podría llamar una necesaria
“constituyente de la izquierda”.
Por supuesto, la innovación organizativa
no puede sustituir la
reflexión sobre los retos estratégicos
del poder, la formulación
de políticas públicas transformadoras
y la construcción de una
hegemonía duradera. Tampoco
resuelve las angustiantes interrogantes
que suscita la involución
bárbara del capitalismo posmoderno
y la relativa impotencia y
atomización de las fuerzas sociales
antagonistas. Pero ofrece la
perspectiva de una articulación
compleja entre lo político y lo social
que supere las dicotomías
míticas entre poder y contrapoder,
las simplificaciones ideológicas
excluyentes y lo sectarismos
posicionales [5]. Así mismo,
podría fortalecer la receptividad
de la inteligencia colectiva a la
doble necesidad de trabajar desde
ahora dentro de los límites de lo
posible –definiendo estos límites
sin dejarse intimidar por los prejuicios
abstractos del moderantismo
friolento o del radicalismo
mágico y de mantenerse atentos a
los desplazamientos sísmicos
más o menos perceptibles de la
geología social y al eventual
retroceso de las fronteras de lo
imposible.


Notas

[1Marc Saint-Upéry, “Los límites de
los movimientos sociales: Una reflexión
intempestiva”, La Insignia, noviembre
del 2004 (texto también publicado
bajo el título “La mistificación
de lo social” en la revista Barataria
de La Paz).

[2Para los detalles de este análisis, ver Marc Saint-Upéry, “Los límites de los movimientos
sociales”, op. cit.

[3Una conquista irrenunciable de la Ilustración, si bien hay que deconstruir su oculto
sesgo de género, como bien lo han demostrados las teóricas femninistas.,

[4Ver el recuadro adjunto: “El espejismo comunitario”.

[5Si bien esta autora plantea su perspectiva
con un matiz tal vez más radical
y desde las mismas entrañas de lo
social, me parece que este enfoque
confluye con la preocupación de
Maristella Svmapa (ver su artículo en
este número de Entre Voces) de “tender
puentes y articulaciones entre los
elementos más positivos y aglutinantes
de las diferentes vertientes de la
izquierda –la tradición nacionalpopular,
la tradición clasista y la
narrativa autonomista.”


Las opiniones y conslusiones expresadas en el siguiente artículo son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente reflejan la posición del CETRI.