• Contact
  • Connexion

Bolivia

2000 días después - Estado, movimientos sociales y disidencias

Evo Morales llegó al gobierno en 2006 con una poderosa agenda de cambio, sintetizada en la nacionalización del gas y la convocatoria a una Asamblea Constituyente refundacional, demandas recogidas del ciclo de luchas que tuvo a la guerra del gas de 2003 como el momento de mayor combatividad y sacrificio popular. No sin dificultades, ambas demandas fueron consagradas en los primeros cuatro años de gestión y ello explica, sin duda, la enorme popularidad con la que contó –y aún cuenta- Morales. Sin duda, Bolivia es hoy políticamente más igualitaria que antes y están en marcha poderosos procesos de ciudadanización política, simbólica y en menor medida, económica. Sin embargo para explicar el inédito 64% con el que fue reelecto en diciembre de 2009 es necesario agregar el conflicto con las élites autonomistas del oriente y sur del país, que revistió al proceso de cambio de una particular épica política : la sensación efectiva de tener a la derecha sumida en un desafío permanente para derrocar al gobierno daba realismo a la idea de estar impulsándose una revolución, más allá del debate efectivo sobre las políticas públicas aplicadas, y dejaba en un segundo plano los problemas de gestión. Las estrategias de desestabilización, apelando incluso a la violencia, solo dieron más aire a Evo Morales, blindado por un 80% de apoyo en la estratégica ciudad de La Paz, la sede del gobierno, y por el sólido apoyo de los gobiernos de la UNASUR.

Esta brevísima introducción quizás explique en gran medida el nuevo contexto en el que Evo Morales asume en 2010 : por un lado, las “grandes medidas” ya se habían realizado, y el programa para el segundo mandato se concentró en “aplicar la nueva Constitución” de 2009, lo que tomado seriamente es una tarea titánica pero como se vio después carecía de la suficiente fuerza política/simbólica para mantener el entusiasmo (lo que se suma a las propias dudas del gobierno sobre los aspectos más radicales de la nueva Carta Magna). Por otro lado, la derrota y/o cooptación de las fuerzas autonomistas y de derecha hizo desaparecer al enemigo amenazante que cohesionaba acríticamente el frente interno y dejó entrever una serie de dificultades institucionales, técnicas y de manejo de los conflictos1.

En síntesis, es posible percibir una crisis de narrativa que contribuyó a proyectar la imagen de un gobierno normal, es decir despojado del aura de gobierno excepcional, revolucionario y refundacional que permitió (y todavía permite) establecer férreas fronteras políticas, simbólicas e identitarias entre el gobierno de la revolución democrática y cultural y los viejos partidos del orden neoliberal y neocolonial que gobernaron el país en las últimas décadas y siglos. Un ejemplo de esta vuelta a la normalidad –que en el caso boliviano hace referencia no a la estabilidad y al desarrollo sino a inestabilidad, ingobernabilidad, improvisación en la toma de decisiones, etc.- fue el gasolinazo decretado en la navidad de 2010, cuando la decisión de eliminar los subsidios a las gasolinas derivó en un aumento de hasta el 83% en el precio de los combustibles y en una violentas protestas callejeras.

Peor aun, quienes se rebelaron ya no provenían de las regiones opositoras del oriente sino de las bases del evismo en el occidente del país : vecinos de El Alto, mineros de Oruro y Potosí, comerciantes paceños, etc. Con olfato político, Evo Morales derogó su propia medida una semana después recordando el lema zapatista de que él gobierna “obedeciendo al pueblo”, pero la frustrada medida generó una cicatriz que hasta ahora no se ha logrado suturar por completo.

Las ambivalencias del modelo

La mencionada crisis de narrativa tiene como sustrato un problema adicional : las visiones encontradas acerca del futuro del país no encuentran espacios de discusión que permitan una polémica constructiva entre el “ala desarrollista” y quienes proponen el mencionado “vivir bien” en base a postulados comunitaristas, pos o antidesarrollistas y no materialistas del bienestar. En este contexto, es posible recortar dos líneas muy generales y esquemáticas (como tipos ideales), entre las cuales hay varias combinaciones y superposiciones posibles. Una visión -la hegemónica, en la que milita entusiastamente el vicepresidente Álvaro García Linera- propone un Estado fuerte acompañado de políticas macroeconómicas prudentes y cuidadosas de los equilibrios fiscales. Incluye megaproyectos (o “proyectos monstruosos”, según el segundo mandatario) como petroquímicas, hidroeléctricas, minería y carreteras y retoma una serie de imaginarios propios del nacional-desarrollismo y de las visiones dependentistas de los años cincuenta. En tanto, una tendencia más filosófica que efectiva en términos de políticas públicas se expresa en otros espacios (cumbres y contracumbres del clima, reuniones de movimientos sociales, cursos de formación política) : propone un “horizonte comunitario”, apoyándose en el pluralismo político, económico e incluso judicial que sanciona la nueva Constitución. Esta línea tiene a su principal exponente en el Canciller David Choquehuanca, con gran predicamento entre los aymaras del Altiplano. Evo, el gran árbitro, es un desarrollista pero con ductilidad para sostener un discurso en defensa de la Pachamama según los contextos.

Estas tensiones –y contradicciones- se han expresado con crudeza en 2011 cuando el gobierno decidió comenzar a construir una carretera que atraviesa el Territorio Indígena Parque Nacional Isiboro Sécure pese a la oposición de los indígenas locales, de ONG ambientalistas y de intelectuales críticos2. El gobierno señaló, incluso, que la carretera que unirá a los departamentos de Beni y Cochabamba se hará “sí o sí” alegando la necesidad de integración física del país y generando la ruptura de organizaciones como la Central de Indígenas del Oriente Boliviano (CIDOB) otrora aliada al gobierno. En todo caso, este hecho marca un quiebre en el papel autoatribuido de Evo Morales como un defensor mundial de la madre tierra y deja entrever lo que señalamos desde el comienzo del actual proceso de cambio : su fuerte contenido nacionalista popular3, lo cual es comprensible en un país plagado de demandas populares crónicamente postergadas en pos de un vivir bien por momentos más prosaico de lo que los discursos intelectualizados a cerca de las cosmovisiones indígenas dejan ver (demandas de salud, educación, formas de acceso a la modernidad, etc.). El debate es en todo caso si la vía para ese bienestar popular es o no el neodesarrollismo hoy hegemónico en el gobierno4.

Por el momento, y el gobierno lo sabe, iniciativas como la electrificación rural, la expansión de la red de telefonía celular5, la construcción de carreteras y de obras de infraestructura en el área rural –junto con los bonos sociales- es una de las bases de la popularidad del gobierno. Todo ello en el contexto de una inédita estabilidad macroeconómica, reducción moderada de la pobreza y aumento de la inversión pública, situación posibilitada por la combinación de la recuperación del rol activo del Estado en la economía con el “viento de cola” internacional, vinculado al aumento de los precios de las materias primas que ha posibilitado, por ejemplo, que Bolivia vuelva a ser una “potencia minera”6, actividad que parece formar parte del ADN nacional.

Oficialismo y disidencia

El contexto arriba señalado –mientras Evo cumplía 2000 días en el poder- ha contribuido a que un grupo ideológicamente heterogéneo de intelectuales que ocuparon cargos de viceministros, embajadores o compañeros de ruta del gobierno se animaran a presentar un documento crítico abogando por una reconducción del proceso de cambio7. En apretada síntesis, el documento cuestiona las inconsistencias en la nacionalización de los hidrocarburos, la falta de voluntad para aplicar la nueva Constitución –especialmente en lo referido al reemplazo de la actual república por un Estado plurinacional- y la ausencia de espacios democráticos de discusión. Si bien hubo rupturas previas, esta es la primera capaz de articular un pequeño pero significativo espacio político-intelectual aunque su nombre (coordinadora plurinacional…) no deja de ser más una expresión de deseos que de realidad : el mismo no ha logrado atraer a ningún movimiento social. Es comprensible : resulta difícil que los sectores campesinos a los que busca interpelar el manifiesto rompan con el que, pese a las críticas y frustraciones, siguen considerando “su” gobierno.

Es que si en la primera etapa se podía apoyar el pedido de reconducción sin aparecer abiertamente en ruptura con el oficialismo ello ya no es posible desde que el vicepresidente Álvaro García Linera fijó su posición en un pequeño libro masivamente distribuido : El “oenegismo” enfermedad infantil del derechismo (O cómo la reconducción del Proceso de Cambio es la restauración neoliberal) (La Paz, 2011). Allí llama “resentidos”, oenegistas, neoliberales, clasemedieros, a los firmantes, entre los que se encuentran el ex constituyente y ex viceministro de Planificación estratégica Raúl Prada, el ex viceministro de Tierras Alejandro Almaraz, el ex embajador de Bolivia en EEUU Gustavo Guzmán, el ex dirigente de la guerra del agua Oscar Olivera, etc. Allí el vicepresidente refuta las afirmaciones de que poco o nada habría cambiado en la economía boliviana, defiende por ejemplo la carretera por el Isiboro Sécure, y acusa a los firmantes de tener una visión roussoniana y paternalista de los indígenas como “minorías puras”.

Más allá de la complejidad de este debate, lo cierto es que la respuesta oficial contribuyó a clarificar un rumbo hacia el neodesarrollismo y a cancelar potenciales discusiones acerca de otras vías de tránsito hacia el bienestar. Un rumbo –hay que decirlo también- al que contribuyó la pobreza argumental de los defensores del “vivir bien”, incapaces de traducir la nueva perspectiva ideológica en un programa de transición capaz de articularse con las necesidades concretas de la población.

Al mismo tiempo, la mencionada “vuelta a la normalidad” incluye una pluralidad de conflictos territoriales y/o corporativos vinculados en general a la demanda de proyectos de desarrollo, por ejemplo los ocurridos en el departamento de Potosí, donde el boom minero solo llega a una parte de la población. También la paz social fue quebrada por una cantidad significativa de enfrentamientos entre indígenas y mineros, conflictos muy complejos que combinaban demandas contra la contaminación minera con la voluntad de sectores campesinos de gestionar ellos esas riquezas minerales apelando a argumentos sobre su propiedad ancestral sobre esos territorios. Y, como se puede ver en el mencionado caso del Isiboro Sécure existen conflictos entre campesinos cocaleros, partidarios convencidos de los beneficios de la carretera y los indígenas originarios del parque que consideran que el camino solo traerá males hacia el futuro.

Posiblemente, una debilidad del llamado a la reconducción sea que se fundamente en un pedido abstracto de radicalidad, sin preocuparse por un problema que fue nuclear en anteriores procesos de cambio, incluyendo a la Revolución Nacional de 1952 : la debilidad institucional que conduce a elevadas dosis de voluntarismo en las políticas públicas y a un “desenganche” entre los discursos refundacionales y los resultados prácticos sobre la población históricamente más golpeada por el colonialismo interno.

En ese marco, la mayoría de las organizaciones sociales se hallan sometidas a un doble influjo : su peso creciente en el Estado rebota a su tiempo como una creciente estatización de los sindicatos, juntas vecinas, organizaciones campesinas. En los últimos tiempos sus dirigentes parecen más preocupados por negociar cargos en el Estado que por discutir proyectos de país, en un contexto de fuerte repliegue corporativo de los sectores populares. Sin embargo, ello no anula completamente su autonomía frente al Estado, que puede reactivarse inesperadamente.

Con todo, Evo Morales conserva un gran capital político y sin duda lo favorece el hecho de que la mayoría de la población considere que el país está mejor que “antes”. La oposición de derecha está muy debilitada, no ha emergido ningunas fuerza consistente a la izquierda del evismo y las opciones moderadas de centroderecha y de centroizquierda aun no logran calado suficiente en la opinión pública.

La duda es si las contradicciones a la vista son “tensiones creativas” como sostiene García Linera8 o constituyen un enredo ideológico que puede poner el riesgo los cimientos mismos de un proceso de cambio que a casi dos siglos de su fundación se propuso nada menos que refundar al país sobre nuevas bases. Al mismo tiempo, un análisis sopesado del proceso boliviano pone sobre la mesa una pregunta incómoda : ¿ no se ha confundido por momentos la radicalidad del cambio de élites (desembarco campesino-popular en el Estado) con la radicalidad de las nuevas elites subestimándose una serie de mecanismos estructurantes de la relación Estado-sociedad que podrían explicar un devenir más “conservador” de lo que se había propuesto el propio gobierno ?. Quizás un ejemplo permita ilustrar este punto : Bolivia ha puesto en pie una novedosísima Unidad de Despatriarcalización dependiente del Viceministerio de Descolonización (otra institución sui géneris). No obstante, los efectos prácticos de dichas instituciones se diluyen a menudo en una serie de sentidos comunes reproductores de viejas doxas, discursos prefabricados y precariedades financieras y dependencias de la cooperación internacional9. Y lo mismo ocurre con una serie de valiosas iniciativas.

Un editorial del mensuario nacionalista de Tarija Día D de julio de 2011 resumía este problema en un titular que daba en el clavo : “Bolivia hoy, Todo a medias”. Y continuaba : “Ya se trate de obras de infraestructura, procesos de transformación institucional, ejercicio de derechos, programas de desarrollo, etc., todo parece quedar inconcluso… [pese a los discursos] No hay una sola fábrica impulsada desde el Estado, en rubro alguno, que haga sentir su presencia en un mercado saturado por el contrabando. Varias de las que iniciaron labores se hallan opacadas por la sombra de la corrupción o la ineficiencia”. Y continúa con la salud, la educación, la reforma policial, etc. Medidas como la pomposa elección popular de jueces de la Corte Suprema, el Tribunal Constitucional y otros órganos judiciales terminó sospechada como una vía para que el Ejecutivo imponga a los magistrados. Y así sucesivamente… Pero por el momento el discurso institucional está en manos de la derecha y los “neoliberales”.

La duda es si este “todo a medias” es un paso necesario hacia mayores niveles de aprendizaje en la gestión estatal o puede ser el preámbulo de una nueva frustración en la larga lista de revoluciones de la combativa historia boliviana.

Notas

1) Varios dirigentes de grupos extremistas antes opositores como la Unión Juvenil Cruceñistas pasaron a las filas del gobierno, al igual que algunos dirigentes políticos.

2) Sobre las características de este territorio ver : Álvaro García Linera, Shirley Orosco y Pablo Stefanoni, No somos juguete de nadie. análisis de la relación de movimientos sociales, recursos naturales, Estado y descentralización, PLURAL editores, NCCR North-South, AGRUCO, COSUDE. La Paz, 2006.

3) Hervé Do Alto et Pablo Stefanoni, Nous serons des millions, Evo Morales et la gauche au pouvoir en Bolivie, Paris, Raisons d’agir, 2008.

4) Ver Maristella Svampa, Pablo Stefanoni y Bruno Fornillo, Debatir Bolivia. Perspectivas de un proceso de descolonización, Buenos Aires, Taurus, 2010.

5) Evo Morales dijo varias veces que su sueño es que los campesinos pastoreen sus llamas hablando por celular con sus parientes migrantes en Argentina o España.

6) Sobre el boom minero ver Walter Vasquez, La venta de minerales a EEUU subió en 50%, 16-8-2011. http://www.la-razon.com/version.php?ArticleId=135740&EditionId=2623

7) “Manifiesto de la Coordinadora Plurinacional de la Reconducción. Por la recuperación del proceso de cambio para el pueblo y con el pueblo”, julio de 2011 http://www.rosalux.org.ec/es/analisis/bolivia/item/210-manifiesto-cpr

8) Ver García Linera Alvaro, Las tensiones creativas de la revolución. La quinta fase del proceso de cambio, Vicepresidencia de Bolivia, 2011.

9) Jenny Ybarnegaray Ortiz, “Feminismo y descolonización. Notas para el debate”, Nueva Sociedad, Número 234, julio-agosto 2011.


Les opinions exprimées et les arguments avancés dans cet article demeurent l'entière responsabilité de l'auteur-e et ne reflètent pas nécessairement ceux du CETRI.