Las paradojas de la India moderna

La India intriga y fascina, llama la atención sobre todo a causa de sus ambigüedades. A pesar de que hace solo dos décadas había sido catalogada como uno de los países más pobres del mundo, marginada durante mucho tiempo en el escenario internacional, a partir de ahora se considera una “brillante” e inmensa potencia, a tal punto, que el grupo bancario estadounidense Goldman Sachs prevé que ocupe el tercer lugar en la economía mundial para el 2025.

A pesar de las apariencias, no hay nada fortuito en este ascenso. Sus fundamentos datan del período post independentista. El modelo de desarrollo instaurado por Nehru permitió la creación “interna” de un sustrato económico y científico sobre el que aún se apoya el país. Sin embargo, este sistema de economía mixta que atribuye un papel central al Estado llegó a su límite y fue desmantelado. A partir de 1980 se desarrolla una política de modernización económica que experimenta un giro más radical durante los 90 bajo el mando del Partido del Congreso, conllevando a un significativo aumento del crecimiento : de un Hindu growth rate de aproximadamente el 3% en los años 80, la India alcanza un índice de crecimiento que se ubica entre los más fuertes del mundo desde el 2000, el segundo más significativo entre los miembros del G20 .

Este dinamismo trajo consigo el desarrollo del sector de los servicios (especialmente la informática) y un auge más reciente del sector industrial (del acero, automovilístico, farmacéutico, de productos petroleros) que beneficia el crecimiento del mercado doméstico, pero orientado además a la exportación.

La opinión que la propia India tiene de sí y la percepción de Occidente sobre ella han cambiado en estas dos últimas décadas. Manmohan Singh no se equivocó cuando, ante la aplicación de las reformas que él mismo lideraba, anunció : “el mundo debe comprender que la India ha cambiado”. Desde entonces, el “elefante indio” ya no se ruboriza cuando se le compara con su vecino chino. A pesar del indudable avance de la economía de este último (el PIB chino es cuatro veces superior al de su rival), la India es considerada una verdadera contraparte, “el otro gigante asiático”.

Sin dudas, el alcance económico de la India ha desempeñado un papel considerable en su restructuración, aunque otros parámetros han permitido la afirmación de su posición como potencia emergente, la cual se evidencia particularmente desde una óptica demográfica. La población india, que alcanza hoy los 1.200 millones de habitantes, superará dentro de veinte años a la china, pudiendo aprovechar así la diferencia favorable entre su población activa e inactiva. Hay que añadir a esto una diáspora de 2,5 millones de personas, instaladas mayormente en los Estados Unidos, cuya influencia geopolítica y económica aporta a la India una considerable “rentabilidad de las inversiones”.

Es además una potencia nuclear, ya que las autoridades han revelado sus ambiciones, al realizar varios ensayos en 1998 y al poner en práctica enclaves estratégicos y militares que les permitieron hacerse escuchar en el acuerdo de las grandes naciones. Y finalmente, Nueva Delhi intentó perfeccionar su imagen, recordando en la medida de lo posible, su estatus de potencia democrática. El impacto diplomático y la repercusión geopolítica de esta situación particular le permitieron alcanzar mayor poder.

Por eso el consenso casi unánime sobre el “renacimiento” del país no debe ocultar las contradicciones y paradojas existentes en su actual desarrollo. “La exclusión masiva es el talón de Aquiles” de este crecimiento a un ritmo acelerado. Por más que la India quiera aparecer entre las primeras economías mundiales, el 75% de su población vive aún con menos de dos dólares diarios. Si bien los “Indian Institutes of Technology” han engendrado generaciones de empresarios disputados en el mundo entero, las tasas de analfabetismo y escolarización colocan a la India en el más bajo nivel de las clasificaciones en términos de desarrollo humano. El éxito de Bangalore y la prosperidad de su élite urbana contrastan con la crisis de la agricultura y el evidente abandono de sus masas campesinas.

El país va viento en popa y se caracteriza por sus resultados económicos, pero el nuevo camino que trazan las autoridades viene acompañado, como en otras naciones “emergentes”, de una desigualdad abismal : entre ricos y pobres, entre los estados, entre la ciudad y el campo. “La India sufre de cierta hemiplejía, y su sociedad nunca había vivido semejante división interna ”. Este fuerte crecimiento de las desigualdades sociales y geográficas se acentúa mucho más por la fragmentación histórica de la sociedad en castas y comunidades religiosas.

Desentrañar la complejidad de la realidad india no es tarea fácil. Sin pretender establecer un panorama exhaustivo de la India contemporánea, intentaremos esbozar sus líneas principales consultando tres representaciones generalmente admitidas, que se relacionan con campos cruciales del desarrollo indio.

Ante todo, prefiere presentarse –e incluso ser reconocida– como “la mayor democracia del mundo ”. Durante las últimas elecciones de 2009, 714 millones de ciudadanos asistieron a las urnas para renovar el Lok Sabha (el Parlamento). El mantenimiento de un libre escrutinio evidencia indudablemente la buena salud democrática de un país, pero solo este elemento no valida la pretensión de la India. En esta primera parte intentaremos realizar un análisis de los avances y las limitaciones registradas en este terreno.

El “milagro chino” es el segundo cliché y se basa en un increíble crecimiento económico : más del 8% anual desde 2003 (excepto en 2008). “La fulgurante superación ” de la crisis y las perspectivas de positivas evoluciones no parecen desmentir esta visión. Sin embargo, si el Estado no presta atención, varias amenazas podrían comprometer el mantenimiento de este auge y provocar un efecto contrario. Entre las primeras se encuentra la dinámica de concentración de la riqueza y la persistencia de una pobreza masiva. Aparecen, en adelante, los “daños colaterales”, sociales y medioambientales, de un crecimiento sostenido –y en un período más reciente– como “zonas propensas al atasco” de la economía india. El desarrollo asimétrico de la India ha generado un clima social tenso que pone en peligro tanto la estabilidad política del país, como sus ambiciones democráticas.

Finalmente, será conveniente analizar la tercera concepción que consiste en colocar al país al nivel de “superpotencia” asiática y mundial. La India redefine su política exterior, sobre todo a partir de las reformas de los años noventa. Sin renunciar totalmente a sus ideales pasados, demuestra mucho más realismo (realpolitik). Nueva Delhi vacila así entre afirmación nacional y pragmatismo diplomático, independencia de acción y esfuerzos de integración. La política exterior se ha convertido en un instrumento manipulado por Nueva Delhi con arte –y a veces cinismo– para alcanzar sus sueños de poder. Tres ejes principales evidencian un cambio de dirección : el acercamiento a los Estados Unidos, la consideración del entorno asiático y la cooperación Sur-Sur con los países emergentes y en desarrollo.

¿India, la mayor democracia del mundo ?

La Constitución y la apuesta por la democracia

Desde su independencia en 1947, la India utiliza este superlativo, por la cantidad récord de sus habitantes y el principio democrático que prevalece en su Constitución. Para Nehru, figura emblemática del movimiento independentista, la apuesta era osada. De hecho, hereda un país traumatizado por la “división” . La violencia entre las comunidades provocó cientos de miles de muertos y millones de exiliados. La elección de la democracia para administrar un país nuevo, multiétnico, acribillado por los problemas internos, especialmente la integración de los antiguos Estados-principescos, no resultaba para nada evidente.

En los inicios de la Unión India, los “padres fundadores” optaron por la creación de un Estado fuerte, centralizado, pero basado en una tradición democrática. En vez de aplastar la diversidad en beneficio de la unidad o de la integración nacional, erigieron el principio del pluralismo como valor constitutivo de la nación. Adoptaron el federalismo como sistema de gobierno, para posicionar la nación. Esta “Unión Estatal”, componente esencial de la Constitución, permitió la neutralización de las reivindicaciones identitarias (lingüísticas, culturales, religiosas) y las pretensiones separatistas, creando así un modus vivendi satisfactorio.

Otro pilar de este texto fundador es el derecho del voto universal para los adultos. Entre las primeras elecciones libres de 1951 y las de 2009 en donde se eligen a los miembros del decimoquinto Parlamento, nunca se cuestionó la democracia. Sin embargo, esta regla tuvo su excepción : los dos años del “estado de emergencia” (1975-1977), durante los cuales Indira Gandhi suspende las reglas de funcionamiento democrático. Aumentan progresivamente las tasas de participación en los escrutinios, sobre todo por parte de la población pobre, analfabeta y tradicionalmente sin politizar. Esta adhesión de las masas excluidas a los asuntos públicos genera un aumento progresivo de “sus” candidatos dentro de la asamblea. Junto a la popularización –democratización– del Parlamento indio, surge el desinterés por este de la élite urbana, instruida, anglófona y proveniente de las altas castas, que prefiere centrarse en la esfera económica y privada.

Una democracia “congresista” y conservadora

La trayectoria de la democracia india está ligada al “sistema congresista” a punto de confundirse en sus inicios. Este régimen político toma su nombre del Congreso Nacional Indio. Al principio, como se trata de un partido de masas que dirige la lucha anticolonial, se convierte en un partido gubernamental, “el Estado-Congreso”, que domina sin división ni interrupciones la escena política india desde 1947 a 1977. El éxito de longevidad y la estabilidad de este “reino” se deben al hecho de que esta formación política tiene sus bases en una poderosa red de conservadores notorios, provenientes principalmente de tres medios : la intelligentsia (a la semejanza de Nehru, letrado, proveniente de la casta de los brahmanes), los terratenientes que dominan una miríada de campesinos con capacidad de voto y finalmente, el medio de los negocios, con sus preciosos manás financieros durante las campañas.

De forma paradójica, estas élites, provenientes sin embargo de la cima de la jerarquía de casta y de clase, implantaron y velaron por la reproducción de un sistema político democrático, pero procurando la defensa de sus intereses. Esta complicidad confesa entre poderosos y la propagación de la práctica del clientelismo confieren una dimensión formal y conservadora a la democracia que se aleja de los ideales progresistas de la Constitución. La persistencia de relaciones de dependencia y dominación ha constituido un serio freno para los proyectos reformistas ansiados por Nehru, en particular su eje agrario. Existía a nivel regional una distorsión demasiado aguda entre el discurso socialista de las figuras del partido y las prácticas conservadoras de los jefes de turno.

Logros y limitaciones de la alternancia

Desde finales de los años 70, se desvanece la supremacía del Congreso. El partido ya no logra “aliar a los oponentes” ni conseguir los votos de grupos, debido a su heterogeneidad excesiva. Sufre una primera derrota en las elecciones legislativas que coloca al país “en el restringido círculo de las democracias con alternancia”. Este elemento que evidencia a priori el buen estado de salud de la democracia india, debe sin embargo moderarse. La coalición formada entre las fuerzas de oposición tiene el mérito de haber desequilibrado al primer partido, respetando las reglas del juego electoral. Sin embargo, las irreconciliables divergencias de sus miembros provocan el fracaso del intento de alternancia. Hasta los importantes sucesos de los años 2000, ejercen varios gobiernos de coalición, pero sin llegar jamás al término de una legislatura y sin proponer ninguna alternativa de carácter serio y coherente, lo cual sumerge a la Unión en un período de inestabilidad política.

El Congreso intenta recuperar el aliento en los años ochenta y desarrolla tácticas electorales que resultarán contraproducentes. Avivan el descontento y provocan tensiones separatistas, en especial de los Sikhs en Punjab reforzando el intervencionismo del Estado central y reprimiendo los movimientos autonomistas. Exacerba también las tensiones intercomunitarias entre hindúes y musulmanes, mediante el cuestionamiento del principio de secularismo inscrito en la Constitución y defendido por el partido desde la independencia. Al exigirse imparcialidad – esa actitud de reconocimiento y bienestar del Estado – hacia todas las religiones, el Congreso toma cada vez más partido por la cultura mayoritaria, en especial en el controversial caso de Ayodha, esa ciudad santa dividida entre hindúes y musulmanes.

Esta “comunalización del juego político” perjudica al Congreso y limpia el camino a los nacionalistas hindúes del Bharatiya Janata Party (BJP) que ocupan el poder desde 1998 a 2004. El Partido del Pueblo Indio, segunda estructura política y principal fuerza de oposición, se abre paso a finales de los años 80, “saltando al tren de Ayodhya ”.

El BJP debe su éxito a dos factores principales. Por una parte, un discurso populista y xenófobo que saca partido de la ola de fervor religioso del grupo mayoritario. Los hinduistas deciden en efecto representar la nación –alrededor del 80% de la población es hindú– y preconizan una uniformización cultural del país desplazando a las demás “minorías” (los musulmanes son 160 millones y la tercera comunidad en importancia en el mundo después de Pakistán e Indonesia…) a un estatus de segundo orden.

Por otra parte, el Partido del Pueblo aprovecha la indignación popular contra la corrupción en la cima del Estado y apuesta por la integridad, que pone fin a las luchas de turno y las prácticas corruptas del Congreso. El BJP cosecha así los votos de las castas superiores de la clase media urbana, que ven en este a un actor político capaz de promover a una India fuerte, preocupada por sus intereses.

Superar las contradicciones del sistema democrático

El sistema político indio demostró a varios niveles que posee los atributos de la democracia ; elecciones libres, estabilidad del régimen, multipartidismo, respeto por el juego de la alternancia así como los contrapoderes efectivos. Estos resultados democráticos en el terreno político enmascaran, no obstante, una sociedad que sigue siendo desigual y jerarquizada, a pesar de los avances en términos de integración.

La Constitución india era sin embargo prometedora. Establecía las bases de una democracia social y preconizaba la justicia social, económica y política y la igualdad ciudadana. Abolía oficialmente a los intocables y condenaba todos los tipos de discriminación, incluyendo las basadas en la casta y la religión. Ahora bien, el sistema político indio se apartó de sus principales fundadores por apoyarse en una estructura desigual y mantenerla. La estrategia institucional del “rechazo de considerar la casta” permitió el enraizamiento de un statu quo social y prohibió de forma implícita cualquier cuestionamiento sobre la problemática, al menos hasta el reciente debate sobre el censo de 2011.

Para mantener una imagen positiva y atenuar los efectos más excluyentes del sistema, los gobiernos británicos y más tarde los indios habían introducido desde muy temprano, desde finales del siglo XIX, medidas de discriminación positiva, con el fin de educar a los intocables y reservar su lugar en la función pública, así como en las asambleas elegidas. Con la independencia, el Congreso sistematizó las cuotas y las hizo proporcionales a su peso demográfico : cerca del 15%. Esta transformación de la sociedad a iniciativa de las élites no amenaza, sin embargo, en derribar el edificio social y político, teniendo en cuenta la debilidad demográfica y económica de los intocables.

El auge de las OBC (las Other Backward Classes u “otras clases atrasadas”) evidencia por su parte, una amplitud y una nueva dinámica. Esta categoría se sitúa por encima de los intocables y está compuesta esencialmente por los shudra, que acostumbraban servir a las Forward Castes y a alimentarlas. Agrupa a las castas de labradores y granjeros que componen la mayoría de la población india. Luego de las movilizaciones masivas y una resistencia salvaje por parte de las altas castas que se oponían a la reestructuración de un orden sociopolítico que siempre han dominado, el gobierno decide finalmente en 1990 seguir las recomendaciones de la comisión Mandal . En adelante, se reservarán el 27% de los puestos de función pública a las OBC, a los que se añaden el 17% de los destinados a los intocables (castas repertoriadas o dalits) y siete a los aborígenes (tribus repertoriadas o adivasis).

La ampliación de las cuotas a la mitad de la población india suplió las ventajas de las altas castas. Los puestos administrativos dejaron de ser de su propiedad y pasaron progresivamente a los sectores de la población que estaban excluidos. Asimismo, la aplicación de políticas voluntaristas desempeñó un papel de ascensor social y permitió la renovación en el seno de la función pública. Este fenómeno se observó también en las asambleas elegidas. El contexto de polarización social contribuyó a la formación y el éxito creciente de los partidos de las castas bajas y de los intocables. A partir de las elecciones de 1991, los intocables y las OBC votan en mayoría por “los suyos” y no ya por los nobles de las altas castas, en una lógica de patrocinio de suma importancia para el partido del Congreso. En 2004, las castas bajas representan el 25% de los votos, o sea cinco veces más que en 1952, mientras que la influencia de las castas altas en el mismo período se reduce a la mitad (33% en 2004).

En estos dos niveles –función pública y representatividad política–, la casta ha desempeñado un papel de palanca que contribuyó de forma paradójica a la democratización de la sociedad. Las masas dominadas se movilizaron constituyéndose en “grupos de interés” y pasaron a ser los actores principales de un proceso de transformación radical de la sociedad. Las relaciones verticales de dominación entre castas dieron lugar progresivamente a relaciones más horizontales de competencia, oponiendo entre sí a las castas. La “castización” de los pobres, en contradicción a priori con los principios igualitarios de una sociedad democrática, parece haber sido en el caso de la India, una condición necesaria para su auge. Los intocables hicieron uso de su “etnicidad” como instrumento de integración. Esta creciente afirmación identitaria desde finales de los años 80 constituyó una herramienta para reivindicar una sociedad más justa, en donde serían reconocidos culturalmente e integrados socialmente junto a otros componentes.

El “milagro económico de la India”

La India independiente escoge la vía de la economía mixta. Durante medio siglo, cohabitan el sector público y el privado, aunque Nehru acuerda al Estado un papel primario y decisivo. El país crea entonces la estructura de una economía que pretende ser equilibrada y autónoma. Sin embargo, las limitaciones de este modelo precipitan una ola de reformas destinadas a liberalizar la economía.

La base de la economía india

En 1947 la India posee ya un verdadero tejido industrial, constituido gracias al dinamismo y al espíritu empresarial de algunas familias (en especial, los Tata, los Birla, etc.). Algunos de estos precursores se ven motivados por el espíritu de liberación nacional y desempeñan un papel de primer plano en el movimiento independentista. La clase política y la de los negocios comienzan así a interrelacionarse y sus intereses y respectivas influencias los impulsan al compromiso, una vez lograda la independencia.

En los primeros años, el Estado mantiene su dominio exclusivo en varios campos de carácter estratégico, pero opta por la participación con el sector privado en otros sectores. A mitad de los años 50, Nehru fortalece el poder del Estado e impide a las empresas privadas tener en cuenta “los imperativos del desarrollo del país y no a la inversa”. Para ello, las autoridades desarrollan dos herramientas destinadas a la orientación de la política económica y al establecimiento de su aplicación.

La comisión de planificación es una instancia poderosa, a veces descrita como un “super gabinete”. Los primeros planes quinquenales están dirigidos al fortalecimiento del sector público e insisten en la rápida industrialización del país. La inversión pública se enfoca en la creación de industrias de base y en las infraestructuras, muestras de poder. Al mismo tiempo, el desarrollo del campo pasa a un segundo plano, en un país que posee entonces unos 600.000 pueblos y en donde la pobreza es esencialmente rural.

La Licencia Raj es la otra palanca del sistema de economía mixta. A pesar de las nacionalizaciones, el Estado no da la espalda del todo al sector privado, al cual concede determinados márgenes de acción. Sus actividades van, no obstante, acompañadas de barreras, que se traducen en un complejo conjunto de licencias y autorizaciones. Es el reino del permiso. De hecho, el Estado se preocupa por construir las estructuras de una economía independiente y vela por la coherencia en la repartición de los recursos de acuerdo al Plan. Así toma la sartén por el mango en lo referente a las orientaciones y decisiones con respecto al establecimiento de cuotas y a la diversificación de la producción. Cualquier demanda se somete a la Administración, lo cual le confiere un peso irrefutable que no siempre podrá asumir. Las trabas burocráticas y las prácticas corruptas eran y siguen siendo muy comunes.

Éxito y fracaso de la estrategia india de sustitución de importaciones

Nueva Delhi, preocupada por su autonomía y su soberanía, promueve una estrategia de desarrollo basada en un régimen de sustitución de importaciones, como motor de crecimiento. Viene acompañada de una política proteccionista, con el establecimiento de un sistema de cuotas de importación, derechos aduanales y picos tarifarios prohibitivos. En esta lógica, el Gobierno solo permite la importación de aquello que no pueda ser producido en suelo indio. La idea final es sustituir los bienes antes importados por bienes made in India.

Los gobernantes hacen gala, por otra parte, de una creciente aversión hacia las multinacionales, lo cual es comprensible viendo el contexto político interno y externo que viven. El summum de esta desconfianza se alcanza durante el gobierno de Indira Gandhi, en donde se promulga una ley que reduce del 51% al 40% la participación de las filiales de cualquier compañía extranjera en el capital de una empresa india. Shell, Coca Cola, IBM, Caltex hacen las maletas.

Esta estrategia de desarrollo permitió ciertos avances. Primeramente, en el plano industrial, estas tres décadas aportaron al país una infraestructura (complejos industriales, nuevas ciudades, sistema ferroviario, etc.) y una base económica que se formó al abrigo de la competencia internacional. Luego, en el plano agrícola, las autoridades impulsan al país, a pesar de la pusilanimidad de los inicios, a una “revolución verde”. Dos años de sequía, en 1965 y 1966, obligan en efecto a las autoridades a más inversiones. Esta política trae como beneficio que el país en pocos años lograra la autosuficiencia alimentaria, aunque a costa de la desigualdad entre las regiones y dramas ecológicos que aún hoy está pagando la nación.

Finalmente, el sistema socializante al estilo Nehru permitió atenuar el crecimiento de las grandes desigualdades sociales y geográficas que estallan junto a la liberalización económica. Los principios y mecanismos de la economía mixta demuestran, sin embargo, sus limitaciones, en especial por resistirse a promover las exportaciones. De hecho, “el atraso tecnológico, la falta de competitividad, la subutilización de la capacidad industrial o las zonas estancadas de la producción, […] se explican directamente por la falta de apertura al exterior”.

Por esta razón, la estrategia india de sustitución de importaciones no logró los resultados esperados. El crecimiento no logró su éxito y se estanca alrededor del 3%, una tasa caracterizada irónicamente como Hindu rate of growth. La economía india experimenta seguidamente varios impactos : dos severos monzones, la devaluación de la rupia en 1966 y las crisis petroleras de la década del 70. Desde los inicios de los años 80, el gobierno de Rajiv Gandhi (1984-1989) trata de reaccionar. Para importar la tecnología necesaria para su desarrollo industrial y garantizar su abastecimiento energético, el país debe promover imperativamente sus exportaciones, fuente de preciados recursos financieros. Flexibiliza con prudencia el control ejercido sobre la actividad económica para impulsar el crecimiento y la inversión. Se registran determinados avances, pero la inflación resulta ser desenfrenada y el déficit llega a agravarse de forma preocupante. En ese momento la India vive “de créditos”. Crece el endeudamiento. En 1990, el pago de la deuda representa el 27,7% del PIB.

Estos desequilibrios estructurales repercuten en los presupuestos y debilitan la economía, a tal punto que Nueva Delhi se muestra incapaz de afrontar el impacto de una nueva crisis al comienzo de los años 90, producto de la inestabilidad política interna y externa (guerra del Golfo, derrumbe de la URSS que conlleva a la pérdida de un socio económico y del aliado político militar). En este contexto, el país se enfrenta a una crisis de pagos. En junio de 1991, las reservas de divisas no permiten más de quince días de importación. El país está al borde de la quiebra.

Viraje neoliberal

El Gobierno inicia entonces un cambio de rumbo en su estrategia económica y adopta un programa de reformas estructurales, financiado, y por tanto condicionado, por el FMI y el Banco Mundial. Manmohan Singh, economista y tecnócrata, es designado Ministro de Finanzas. A la cabeza de un círculo restringido de altos funcionarios y de algunos industriales y economistas, inicia con toda “discreción” –actitud dirigida a evitar cualquier oposición nacionalista y popular– el proceso de liberalización económica. Se produce una “convergencia de criterios” entre las instancias internacionales y los reformadores, en lo referente al camino a seguir. Las medidas adoptadas por Manmohan Singh, sin obviar el pasado, cuestionan estructuralmente el modelo económico aplicado por Nehru y sus sucesores. Están dirigidas a una desregulación interna de la economía y a su apertura gradual al exterior.

A inicios de los años 2000, en las costas oeste y sur, se crean zonas económicas especiales, con suficiente infraestructura. Se produce un cambio de dirección. La India, de un sistema de economía mixta con un carácter proteccionista e intervencionista, pasa a una economía de mercado y a un modelo de desarrollo “pro-negocios”, propicio para la concentración de las riquezas y del poder.

La succes story del desarrollo indio pasa a ser así la realidad de una minoría de privilegiados. Solo el 10% de los indios accede al deseado estatus de “nueva clase media”. En cambio, entre 300 y 400 millones de personas permanecen fuera del alcance de la “extraordinaria” emergencia del país y sobreviven con menos de 1,25 dólares diarios. Se trata, pues, no solo de una cruda división social, sino también geográfica. La tasa y el ritmo de crecimiento varían en adelante visiblemente, según cada región. El noreste que abarca los estados de Bihar, Uttar Pradesh, Madhya Pradesh y Orissa se caracteriza por elevadas tasas de pobreza y bajo crecimiento. El informe muestra lo contrario en los estados del sur (Karnataka, Tamil Nadu) y del oeste (Maharashtra, Gujarat, Punjab) considerados zonas atractivas y en pleno auge. Las “condiciones económicas iniciales” resultantes de las políticas de desarrollo anteriores y la inestable calidad de los diferentes gobiernos constituyen los factores determinantes de esta “repartición”.

La era post-reformas

Delhi inicia en 1992 su Look East Policy e intenta establecer vínculos con los “pequeños dragones” del sudeste asiático. Determinados sectores claves de la economía se diferencian y ofrecen una imagen de dinamismo. La industria farmacéutica, la joyería, la automovilística aumentan así sus prestaciones para abrir nuevos atajos hacia la exportación. A pesar de estos esfuerzos, la parte del subcontinente en el comercio internacional sigue siendo baja (0,8% en 2003).

La especificidad del auge indio se debe sobre todo al crecimiento vertiginoso de sus servicios. El país será en adelante el líder mundial en sectores de punta como la informática. La India juega sus cartas en el desarrollo del software, las actividades de back-office y responde a la creciente demanda de servicios de externacionalización –outsourcing– en estos campos. La “Silicon Valley” india adquiere fama internacional.

En los Estados Unidos, los empleos son declarados bangalore-d cuando se transfieren a la India. Este polo tecnológico es representado como la “capital del éxito indio”. “El peso de la alta tecnología en el sector económico de la India explica la ventaja progresiva del sector de los servicios con respecto a otros, logrando representar finalmente más de la mitad del PNB con una tasa de crecimiento superior al 10% anual desde los años 80. ¡Los servicios impulsan por consiguiente el crecimiento, convirtiendo a la India en un país postindustrial antes de haber sido industrial !”

La estructura de la economía india es, en efecto, particular. Los servicios abarcan hasta alrededor del 55% del PNB, la industria el 25% y la agricultura el 20%. Sin embargo, los servicios pierden un poco de terreno, a favor de la industria que mejora la calidad de su producción, para captar a un mercado doméstico en plena expansión.

El poder adquisitivo de una clase media, indudablemente minoritaria, pero gigante en cifras absolutas, podría así permitir la evolución del modelo de “deslocalización”, propio de los inicios de la integración india al mercado globalizado, hacia un modelo de “relocalización”.


Desafíos del mañana

La India se enfrenta sobre todo a varias debilidades estructurales de su economía que constituyen un freno considerable al aumento de su poderío. El país sufre de un déficit de infraestructuras en materia de transporte, abastecimiento energético o redes de distribución de agua. Alcanzar su carácter emergente mediante los servicios, en especial informáticos, no exigía redes viales o ferroviarias muy desarrolladas, al contrario de la industria cuyo auge depende de estas.

Las autoridades gubernamentales comprendieron el desafío de esta contradicción y previeron duplicar los gastos en materia de infraestructura destinando a esta un billón de dólares durante el período de 2012 a 2017.

Por otra parte, a la hora de realizar las reformas, los dirigentes indios obviaron por completo el campo y minimizaron las crisis que enfrentaba el mundo agrícola. En la actualidad, al decir del propio Manmohan Singh, la agricultura vive una seria crisis. Varios efectos combinados provocan el agotamiento de la producción agrícola y su distanciamiento frente al continuo crecimiento demográfico.

Por último, están los crueles efectos medioambientales y sociales de la “revolución verde” : caída del rendimiento y contaminación de los suelos, disminución del manto freático y pérdida de la biodiversidad, aumento de los costes de producción, en especial de los insumos, en un contexto de volatilidad de los precios de las materias primas. Los pequeños propietarios, arrinconados, han tenido que contraer nuevos créditos, cada vez más difíciles de obtener, de acreedores sin escrúpulos. La espiral del endeudamiento y las consecuencias de la crisis agraria empeoraron aún más las condiciones de vida y colocaron a algunos granjeros en situaciones extremas. Debido a esto, 200.000 campesinos se quitaron la vida entre 1997 y 2008.

La agricultura es sin dudas el pariente pobre del desarrollo indio. En los años 2000-2007, mientras que la industria y los servicios registraban más de 9 puntos de crecimiento y concentraban todo el esfuerzo público, la agricultura seguía rezagada con una tasa del 2%. En 2009 y 2010, no llega a superar el 0,2%, un resultado claramente insuficiente teniendo en cuenta que la economía, y sobre todo la población, dependen ampliamente de la agricultura. Aún hoy emplea al 60% de la población activa.

En este contexto, se estructuran de forma progresiva movimientos campesinos de protesta. Algunos, como Ekta Parishad, han hecho uso de los principios democráticos y de no violencia para reivindicar el derecho a la tierra y la aplicación de una reforma agraria justa, y denunciar además las condiciones de vida de millones de familias rurales discriminadas.

Otros han optado, por voluntad o por despecho, por una vía radical e insurgente como la de los naxalitas. Miles de campesinos marginados se unen así al movimiento maoísta que se proclama –al no hacerlo el Estado– como defensor de las poblaciones tribales y las castas bajas. Estos últimos años, la guerrilla ha extendido su influencia en un “corredor rojo” que abarca 223 distritos a través de veinte estados. Para el Primer Ministro, el problema maoísta es en adelante el “mayor desafío para la seguridad interna desde la independencia”, mayor incluso que el caso de Cachemira. Los naxalitas son acusados de terroristas y son el punto de mira de una gran ofensiva armada, bautizada con el nombre de operación Green Hunt, implicando a 60.000 hombres. En 2009, los combates desiguales entre las fuerzas del orden y maoístas provocaron la muerte de más de 600 personas.

Las condiciones de desigualdad extrema que prevalecen entre los estados de la Unión, entre la India de las ciudades y la de los campos, entre ricos y pobres, son las mayores razones de esta oleada de violencia. El problema del derecho a la tierra y a los recursos de los adivasis y de los dalits, se ve obstaculizado aquí por los proyectos de industrialización de las grandes compañías mineras o a los intereses de las zonas económicas especiales, preocupadas por expandirse o por explotar las riquezas de estos Estados más pobres. Las relaciones de fuerza son desiguales e injustas, no existe estado de derecho, las respuestas son inapropiadas y contraproducentes, lo cual trae como resultado que la cohorte de los abandonados a su suerte llene las filas de los naxalitas.

El actual gobierno se ha percatado tardíamente del alcance del problema. La caída de la producción agrícola, los problemas sociales, la lentitud del crecimiento constituyeron sin embargo motivos suficientes para que saliera de su posición de espera.

Por otra parte, la corrupción a todos los niveles de poder, la falta de eficiencia, la incapacidad de identificar y llegar al público objetivo, el mantenimiento de los beneficiarios en una situación de dependencia, provocan el cuestionamiento de la pertinencia y la eficacia del NREGA. Aunque el desarrollo económico de la India es una realidad, es de destacar que los costes sociales y medioambientales se reparten de forma desigual. “La liberalización permitió a los que disponían ya de un capital –financiero, social y/o intelectual– un mayor enriquecimiento, mientras que los que no lo tenían (o al menos no tanto) se estancaron”.

La superpotencia india

El viraje neoliberal de los años 90 repercute sin sorpresa en las decisiones de la India en materia de política exterior. La diplomacia económica se convierte en un tema central y obliga a las autoridades a establecer nuevas relaciones con los actores decisivos del mercado mundial. Sin dar la espalda a la experiencia “idealista” y a las “ambiciones multilaterales de la India nehruviana”, el gobierno reformador pretende en adelante sacar al país de la sombra, para que gane más poder en el orden mundial.

La evolución de la política exterior es progresiva y responde a la vez a las pretensiones internas y a los conflictos externos en los equilibrios tanto regionales como mundiales. Existe tres elementos principales que evidencian un cambio de dirección : el acercamiento a los Estados Unidos, la proyección regional y la cooperación Sur-Sur.

El acercamiento indo-americano

Las relaciones entre los Estados Unidos y la India son pobres y reservadas desde la independencia. Se asiste a una falta de interés por parte del gigante americano y a una desconfianza y un antiimperialismo por parte de una India no alineada. Sin embargo, el fin de la guerra fría, el desmantelamiento de la Unión Soviética con la que la India conservaba muchas afinidades y la nueva configuración del orden mundial modifican la situación. La India se encuentra aislada y desposeída. Para tratar de resolverlo, Nueva Delhi inicia un acercamiento a los Estados Unidos, intenta contar con su apoyo, sin por ello comprometer la independencia nacional de la que dependen todas las fuerzas políticas del país. Tienen lugar en el seno del gobierno las coaliciones llevadas a cabo por el BJP y luego por el Congreso y tanto una como otra aceptan esta nueva línea de trabajo. El acercamiento es oportunista y pragmático, pero permite al país acelerar su auge.

En 1998 se vence una etapa. El gobierno Vajpayee (BJP –de 1998 a 2004) decide realizar cinco ensayos nucleares, permitiendo así el acceso del país al estatus de potencia nuclear. Esta acción provoca toda una protesta de la comunidad internacional, en particular de Washington que lleva a cabo desde 1995 una intensa campaña en materia de no proliferación. Tienen lugar enseguida algunas sanciones, pero de corta duración.

Cada una de las partes saca ventajas de este acuerdo. Se levantan las sanciones a la India, y el país es aceptado de facto en el club de las potencias nucleares “responsables” –a diferencia de Islamabad– y se prioriza en adelante la búsqueda de una asociación a favor de la paz y la seguridad regional. En 2004, se intensifica la cooperación en el campo de las tecnologías de punta, en particular espacial y nuclear civil. Se logra un acuerdo mayor en 2006. La India, que no ha firmado el tratado internacional de no proliferación nuclear, es autorizada a beneficiarse de la transferencia de tecnologías sensibles –combustibles y reactores– con fines civiles.

Este desarrollo ofrece a Delhi doble ventaja. En el plano simbólico por una parte y en el plano práctico por otra, ya que reduce su dependencia del hidrocarburo con respecto al exterior. Asimismo, responde mejor a la creciente demanda energética que acompaña el auge del país. Por otra parte, los Estados Unidos ven en la India un aliado confiable, un socio estratégico de alto potencial, con el que cuentan para estabilizar la región, especialmente para contener al vecino chino y controlar el Océano Índico.

La India se muestra sensible a las exigencias estadounidenses, al punto de responder en parte a sus intereses, pero se niega a sacrificar por ello su autonomía. Procede así, sin complejos, a cierta distensión de sus relaciones con Pekín. Se producen convergencias entre los dos vecinos asiáticos que multiplican los intercambios económicos en el seno de instancias multilaterales como el grupo de los BRICS (Brasil, Rusia, India, China y en adelante Sudáfrica). No obstante, persisten ciertas fricciones debido a litigios fronterizos no resueltos, la eterna amistad de China hacia Islamabad, rivalidades de influencia y la lucha por los recursos a nivel regional.

El entorno inmediato y “extenso”

El segundo eje de la política exterior está dirigido de acuerdo a las exigencias energéticas que impulsaron a la India a considerar su entorno inmediato. Al oeste se refuerzan los lazos diplomáticos con Asia Central en donde los suelos son ricos en petróleo y gas natural. Se emprende un acercamiento estratégico entre la India e Irán. El proyecto de construcción de un gasoducto entre los dos países se ve obstaculizado sin embargo por la oposición de los Estados Unidos, resueltos a mantener el aislamiento de Irán a costa de las sanciones votadas por el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. El informe iraní revela el pragmatismo de la diplomacia india. Evidencia una independencia de acción de los dirigentes que afirman la supremacía de los intereses nacionales (abastecimiento energético), sin comprometer la relación privilegiada de la India con los Estados Unidos (Nueva Delhi vota contra Teherán en la AIEA).

De forma más global, la India establece relaciones bastante pobres con sus otros vecinos cercanos. Prevalece un sentimiento de desconfianza ante la amenaza de una dominación sin división de la India en el subcontinente. Las actitudes varían entre una prudente discreción hasta una franca hostilidad, en especial por parte de Pakistán, su hermano enemigo desde la sangrienta división de 1947. Las dificultades de “cercanía” y los numerosos focos de crisis persisten en la región (Afganistán, Pakistán y sus zonas tribales, el litigio en Cachemira, la guerrilla maoísta en Nepal, la insurrección reprimida de los tigres tamiles en Sri Lanka, la junta birmana, los contenciosos de soberanía con China, el muro de espino con Bangladesh, etc.) contrarrestan los proyectos indios en el sur asiático y con el “extenso entorno” (de Irán al sudeste asiático).

La India intenta desde hace varios años, en especial con respecto a la ofensiva china, virar el curso de las cosas y establecer relaciones más cordiales con sus vecinos , en especial Pakistán, con quien propone un proceso de paz en 2004 (sin resultado por los atentados de Bombay en 2008). Multiplica las iniciativas para mejorar su imagen, para tranquilizar a sus vecinos sobre sus intenciones y convencerlos de que la India puede obrar en pos de “la estabilidad y la prosperidad de la región”.

La cooperación Sur-Sur

A pesar de una creciente influencia, los países emergentes no están satisfechos con la organización y las reglas de funcionamiento del sistema multilateral actual que deja la parte preferente a las “viejas” potencias occidentales. Dentro del grupo de los veinte, se sienten más “cooptados” que verdaderamente integrados. La planificación de la agenda que determina en especial los temas de discusión del G20 sigue siendo, en esencia, una prerrogativa del G8 cuyas reuniones preceden a menudo el encuentro de los veinte.

El G20 se ha convertido en el foro primordial para las naciones emergentes, pero debido a una relación de fuerza que les resulta desfavorable, han decidido actuar por sí mismos en la consolidación de su alcance internacional. Han desarrollado sus propias estrategias y han creado nuevos círculos, informales o semiformales, que les permiten desarrollar su agenda, ponerse de acuerdo y llegar mejor preparados a los encuentros con las principales organizaciones internacionales. El IBSA y los BRICS emplean esta dinámica y contribuyen a la integración de los “emergentes” en los procesos decisorios a nivel internacional.
La India, de mutuo acuerdo con Brasil y Sudáfrica, creó en 2003 un foro de diálogo llamado IBSA, para aunar sus fuerzas en la escena internacional y neutralizar a los países desarrollados creando un mercado de más de 1.200 millones de personas, de 1,2 billones de dólares de PNB y de 300.000 millones de dólares de comercio exterior. En el plano político, los países miembros pusieron en el orden del día la reforma de las Naciones Unidas, la propiedad intelectual y la problemática del desarrollo.

El BRICS (Brasil, Rusia, India, China, Sudáfrica) es el segundo grupo que se crea en 2009. Los Estados que lo componen presentan diferencias significativas en términos de nivel de desarrollo, régimen político, cultura, pero persiguen objetivos comunes. Los BRICS trabajan por la reforma de la gobernabilidad económica y cuestionan sobremanera el dólar como única moneda de reserva y canje. En el terreno político, exigen para la India y Brasil un puesto de miembro permanente en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas y puestos de responsables en el FMI y el Banco Mundial.

En la Conferencia Climática en Cancún, los BRICS, excepto Rusia, se comprometieron a reducir las emisiones de gas con efecto invernadero, sobre la base del principio de responsabilidad común, aunque de forma diferenciada.

La diplomacia actual de Nueva Delhi se mueve en “varios registros, en varios ejes, y en varias direcciones”. Participa habitualmente en dinámicas colectivas y se muestra como el portavoz de los países en desarrollo, pero al mismo tiempo se preocupa también por afianzar su estatus de nueva potencia y obtener el reconocimiento de sus compañeros. Para triunfar en este sentido, la India duda entre afirmación nacional y pragmatismo diplomático, independencia de acción y esfuerzos de integración. El estatus de potencia tan codiciado por la India está a su alcance, pero lo que no se sabe es qué hará con él.

¿La “India que brilla” ?

“La India no es un país como los demás”. Combina las contradicciones, mezcla realidad y falsos pretextos. La India es crecimiento y subdesarrollo, opulencia y pobreza, democracia política y arcaísmo social. Es a la vez laica de espíritu y religiosa de acción, idealista y pragmática, aliada tanto del Norte como del Sur. La India aún no ha “emergido”, como aseguraba recientemente Barack Obama. La división de la sociedad india en castas y comunidades religiosas y las paradojas de la modernidad obligan al país al gran aislamiento. Las desigualdades sociales, las divisiones geográficas, los conflictos entre las comunidades y el descontrol identitario se acentúan desde el vuelco neoliberal de la economía india.

La “India que brilla” es hoy apenas un señuelo e implica solo a unos cuantos privilegiados. Para que la parte “sumergida” de la India finalmente “emerja”, tendrá que superar los enormes obstáculos que impiden el paso de su auge económico, su desarrollo y tendrá que asumir los desafíos que implica la democratización de su sociedad.

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