Chiapas

Enfoques sociológicos de la rebelión zapatista

¿Qué lentes valen para los pasamontañas ?

Enfoques sociológicos de la rebelión zapatista (publicado in EL EZLN y sus intérpretes. Resonancias del zapatismo en la academia y en la literatura [http://www.cetri.be/spip.php?article2486])

Texto traducido del frances (original publicado en la revista Mouvements, 2006) al espanol por Fernando Díaz Ruiz

Tentativa original aunque frágil la de renovar y combinar, tanto en palabras como en actos, una pluralidad de aspiraciones tomadas de la historia de las luchas, la rebelión de los indígenas zapatistas del sudeste de México y su alcance utópico continúan siendo considerables. Si en ella encontramos la aspiración republicana a la democracia política y a la ciudadanía, unida a la búsqueda socialista y tercermundista de la igualdad entre los grupos sociales y pueblos, sabemos también que la nueva perspectiva emancipadora se ha visto enriquecida de matices más inesperados : el problema del sujeto, del estatuto del individuo en la colectividad y de su emancipación ; el llamamiento a reconocer la diversidad y las distintas identidades culturales ; la toma de conciencia ecologista de los límites del progreso ; la reivindicación de la igualdad de género ; la estrecha relación causa-efecto entre los problemas locales y la realidad mundial ; la cultura participativa, etc. Aunque todo esto ya haya sido profusamente discutido desde el levantamiento indígena del primero de enero de 1994, a día de hoy, todavía no hay ningún rastro significativo de una reflexión acerca de las diferentes aproximaciones sociológicas a que ha sido objeto la utopía o rebelión zapatista.

Como venimos apuntando, falta por hacer un trabajo de meta-acercamiento sinóptico y crítico del movimiento zapatista. Es evidente que este desafío intelectual va más allá de las posibilidades de este artículo, que a lo sumo se propone explicitar las principales lecturas sociológicas del zapatismo, sus variaciones y desvíos. Como era de prever, dos escuelas, ciertamente plurales, dominan el panorama : la tradición marxista y la touraniana. Nosotros nos limitaremos al estudio de ambas, si bien, en un segundo momento, nos atreveremos a realizar una lectura crítica de estos dos enfoques y de sus visiones de “la utopía de Chiapas”. Concluiremos nuestro trabajo con una brevísima exploración de las aportaciones potenciales a la sociología del movimiento zapatista, unos esfuerzos de convergencia e integración que estructuran desde hace tres lustros el campo de conceptualización de la acción colectiva. El ambicioso objetivo de este artículo consiste entonces en sugerir vías para un enriquecimiento y complejización de los enfoques y maneras de abordar el “zapatismo real” a partir de un análisis pormenorizado de los enfoques dominantes y de la discusión de sus eventuales límites.

A la manera de los marxistas

Tema principal y característico de los enfoques estructuralistas, la rebelión zapatista ha sido desde casi siempre explicada por sus causas (Gonzalez Casanova, 1995). No es sino la reacción a un contexto que la provoca, a unas contradicciones que la vuelven necesaria, a un manojo de elementos estructurales y coyunturales que fundamentan su existencia. Existencia y no tanto emergencia, toda vez que no se trata tanto del proceso de constitución de una acción colectiva conflictiva como de la existencia de una serie de ingredientes cuya adicción conducirá al archiconocido resultado del primero de enero de 1994.

El problema del acceso a la tierra es desde luego central y, de paso, también el de los circuitos comerciales y las políticas agrícolas. Las desigualdades y la discriminación son evidentes en la zona. La población progresiva de nuevas zonas de colonización en la región de la Selva Lacandona, a partir de los años cincuenta del siglo pasado, para hacer frente a la superpoblación de las tierras altas, básicamente, no va a cambiar en nada el paisaje, aunque lo vuelva más complejo. La desigual relación de fuerzas de la época colonial entre un campesinado indígena en situación de supervivencia y una oligarquía local adormilada al amparo de sus monopolios, continúa prevaleciendo. Al menos, esta es en todo caso la imagen dominante de la configuración social de Chiapas a la que la lectura marxista, en su versión más sintética, sigue remitiendo.

A estos datos estructurales se añade además, en un acta acumulativa inexorable, una cascada de factores coyunturales detonantes que van a acrecentar la fractura y, en consecuencia, las quejas de los indígenas, más que nunca prisioneros de un “ciclo de empobrecimiento y de endeudamiento” (Harvey, 1994). Nos referimos pues a la retirada en la década de los ochenta del siglo XX de un Estado ya herido de muerte en materia de política agrícola ; al desplome del precio del café en 1989 ; al descenso del rendimiento del cultivo del maíz en unas tierras tan codiciadas como agotadas ; al aumento del precio de los abonos, semillas, etc. ; a la promesa de importaciones masivas del más competitivo maíz norteamericano contenidas en las negociaciones del acuerdo de libre comercio norteamericano (Alena) ; a la reforma, a principios de 1992, de la Constitución mexicana que ofrecía a los campesinos la posibilidad de vender tierras comunales. 

En el plano político, las cosas están todavía más contrastadas. A los ojos de los analistas, el enemigo común de los campesinos indígenas, obreros agrícolas o pequeños productores, reviste los rasgos del Estado mexicano y del partido único que lo ha encarnado desde finales de los años veinte del siglo pasado, el PRI (Partido Revolucionario Institucional). Culpable de la generalización de políticas de liberalización económica y de medidas sociales inadecuadas, el PRI mexicano es igualmente percibido como el responsable directo de los actos de clientelismo, apoyo a grandes propietarios en el acaparamiento de tierras reclamadas por los campesinos e incremento de la represión del gobierno del Estado de Chiapas, factores todos ellos de insatisfacciones y frustraciones redobladas.

Los ingredientes « organizacionales » internos requeridos para lograr realizar la metamorfosis de una población afectada en un movimiento de rebelión acuden también puntualmente a la cita. En efecto, es sabido que no existe revuelta digna de sí misma, sin la existencia de una alta capacidad de organización, un liderazgo decidido y una ideología de referencia de orientación nacional (Skocpol, 1986). Los observadores marxistas encontrarán estos tres elementos en gestación dentro de la historia de Chiapas del cuarto de siglo anterior al 1 de enero de 1994. Y más precisamente, en el trabajo de concienciación de la Iglesia católica local que, en el transcurso de la Conferencia del episcopado latinoamericano de 1968, afirmó tomar partido claramente por los pobres y “por la liberación de los indígenas”… También en el activismo de los militantes urbanos de las diferentes izquierdas, que se concentraron en Chiapas en búsqueda de bases de actuación, tras el fracaso de las movilizaciones estudiantiles en las grandes ciudades.

Entre estos últimos, el futuro subcomandante Marcos, quien, tras ir adaptando poco a poco su trabajo político, discurso y objetivos a las realidades y relaciones de fuerza locales, se impondrá, con el transcurrir de los años, como líder real de la rebelión de Chiapas. Según los teóricos estructuralistas de los movimientos sociales, los indígenas encontrarán en estas “elites marginales” (Skocpol, 1986, 84-86) y sus intervenciones sucesivas o paralelas los recursos tanto ideológicos como organizativos necesarios para su posterior levantamiento.

El otro gran campo de investigación trabajado por los observadores marxistas de la rebelión zapatista se refiere a “la esencia distintiva” (Seoane y otros, 2004), la “trascendencia singular” (Boron, 2002) y al carácter “posmoderno extraordinariamente original y creativo” (Gonzalez Casanova, 2001) del movimiento. En una palabra, a su novedad. Una novedad que, sin embargo, no será tanto objeto de análisis sociológico como apuesta de debate político. En consecuencia, la originalidad de la dinámica, del abanico de acciones o de prácticas de la rebelión va a ser menos tratada que la audacia de sus posiciones, de su utopía, de sus discursos. Los trabajos de teorización política van pues a multiplicarse en el campo del pensamiento marxista, dejando de lado por las buenas el campo de la sociología de la acción colectiva.

La explicación del origen del perfil innovador del levantamiento estaba ya contenida en el análisis de sus causas : reestructuración del capitalismo más allá de las fábricas, liberalización del sector agrícola, etc. El conjunto de todo ello ha creado nuevas condiciones para las luchas sociales : desestructuración de las bases materiales y culturales sobre las que se había constituido la clase obrera, estructuración de nuevos espacios sociales y de nuevas formas de expresión reivindicativa. A un nivel más local, la originalidad del movimiento zapatista ha sido también analizada como el resultado de la aleación de las influencias recíprocas procedentes de las tres tradiciones presentes en la forja del zapatismo : la tradición comunitaria indígena, la tradición revolucionaria de los guerrilleros urbanos y la tradición profética de la Iglesia local.

Pero a ojos de los observadores marxistas, ¿en qué consiste finalmente el carácter novedoso de la utopía de la rebelión de Chiapas ? Dos aspectos principales se destacan en la respuesta a dicha pregunta : por una parte, la cuestión del Estado y de la autonomía ; por otra, el del estatuto de la organización y de sus prácticas (Baschet, 2002). El primero conduce tanto a la puesta en cuestión del modelo jacobino-leninista que asimila el proceso revolucionario a la toma del poder del Estado y a la transformación de la sociedad por medio del mismo, como a la prioridad otorgada por la revuelta a la apertura de espacios civiles de lucha, a la creación de formas de autoorganización social, descentralizadas y participativas. La negativa a la conquista militar o electoral del poder estatal no implica ni la renuncia al combate político ni el abandono de la perspectiva de una nueva organización de poder (1). Además, la desconfianza zapatista respecto al Estado como instrumento determinante de la revolución social no es sino relativa, en la medida en que se acompaña de un apego reafirmado por los conceptos de soberanía e independencia nacionales frente a los intereses y a la hegemonía de las potencias hegemónicas. Su propuesta es una articulación original (o ambigua) entre una perspectiva libertaria de autoorganización de la sociedad y otra inscrita en la tradición del nacionalismo mexicano y las luchas antiimperialistas de liberación nacional.

El segundo aspecto que capta el interés de estos observadores tiene que ver con la propia y constante desvalorización, a menudo irónica, del EZLN como organización instituida, en nombre de la primacía acordada al movimiento social y a la dinámica democrática. La estigmatización zapatista del vanguardismo iluminado, del verticalismo en la toma de decisiones, de la confiscación de la democracia por el liderazgo, de los riesgos de la delegación, de la concepción sacrificada del militantismo es la otra cara de la aspiración –esencialmente ética– del propio levantamiento a lograr la homogeneidad entre medios y fines, el horizontalismo de las decisiones colectivas, la inclusión y la tolerancia, el reconocimiento de la diversidad subjetiva… “Aspiración”, porque la toma de posición zapatista viene acompañada de una conciencia aguda, manifiesta en su carácter sarcástico y profundamente autocrítico, de los límites de sus propias prácticas.

Sobre esta base, más que intentar realizar un análisis sociológico de la rebelión de Chiapas, el enfoque marxista, en toda su pluralidad, va a consagrarse a la tarea de elaborar toda una serie de prolíficos trabajos de reflexiones políticas y de debates teóricos –todavía en vigor– sobre las concepciones zapatistas del Estado y de la organización revolucionaria. Unas veces, a la manera de Atilio Boron (2002), para indicar, en nombre de una cierta ortodoxia, sus dificultades teóricas y estratégicas : concepción transclasista de la sociedad civil y liberal de la democracia, desvío del problema del poder, “ vacuité du discours postmoderne sur ‘les nouvelles modalités de l’action politique’”. Otras, a la manera de Pablo Gonzalez Casanova (2001), para celebrar la lucidez del levantamiento, su pertinencia universal y contribución a la renovación de la izquierda latinoamericana y del pensamiento emancipador. Finalmente, trabajos como el de John Holloway (2002), inscritos en la corriente libertaria actualizada por Michael Hardt y Antonio Negri con Empire (2000), encuentran en la rebelión los elementos de una utopía revolucionaria sin toma del poder, formulada a costa de un distanciamiento asumido de la historia y de lo real.

A la manera de los tourainianos

Lógicamente, en el enfoque tourainiano de la rebelión de Chiapas se encuentran una serie de rasgos y elementos de caracterización ya presentes en los trabajos marxistas sobre el zapatismo. Así, existen tanto zonas abordadas de idéntica manera por ambos enfoques como acentos complementarios implementados por ambas aproximaciones teóricas. Y es que las diferencias entre dichas visiones son evidentes y fundamentales, tanto en los postulados como en las realidades –contradictorias– y los tipos de acción colectiva –antinómica– puestos al día. No obstante, los trabajos de inspiración tourainiana exploran esencialmente las dos dimensiones del levantamiento ya cubiertas por los marxistas, de un lado, el periodo anterior al primero de enero de 1994, y del otro, la originalidad del mensaje zapatista.

Al estudio sobre las causas y la lectura acumulativa de las mismas realizado por los análisis marxistas, los observadores tourainianos –Yvon Le Bot en particular– anteponen un análisis de los procesos sociales y culturales que han llevado a una parte de la población indígena a elegir el recurso de las armas, a bascular hacia una lógica insurreccional. Más que la culminación inexorable o la apoteosis de un largo proceso de maduración de un movimiento campesino e indígena, el levantamiento zapatista es considerado desde esta nueva óptica como el resultado de una ruptura, de una crisis de un movimiento social cuya emancipación se impide.

La dilucidación de la génesis de este movimiento social implica no solamente el análisis de las influencias exteriores ya evocadas, sino también la necesidad de una puesta al día de un proceso de emancipación en el propio seno del mundo indígena, proceso en marcha desde hace algunos decenios y ligado tanto a la presión demográfica y la colonización de nuevos territorios como a factores de modernización intrínsecos. La emergencia de una nueva generación de elites indígenas vino a acabar con la unanimidad comunitaria. Emancipada y emancipadora, esta nueva generación se va a comprometer a acabar con el conformismo defensivo que mantiene ligadas a las comunidades indígenas al poder del PRI. Es este sector social modernizado, dinámico y contestatario, movido por una fuerte aspiración a la autonomía y a la responsabilidad, quien, al contactar con la Iglesia local y los militantes de izquierda venidos de las ciudades, va a comenzar a poner las bases de un movimiento social indígena y campesino, afirmativo y progresista, estructurado alrededor de reivindicaciones económicas. Este movimiento de modernización va de todos modos a estrellarse a finales de los años ochenta del siglo pasado « contre les nouveaux murs édifiés par le néolibéralisme » (Le Bot, 2003 : 133). Los nuevos actores económicos que son los indígenas movilizados de la Selva Lacandona son los primeros en pagar las consecuencias. El desmoronamiento de las compras de café, el levantamiento de las restricciones a la importación de maíz estadounidense (ver más arriba), unidos a la cooptación o al incremento de la represión de un Estado cuya elite tradicional también se ve superada por la situación, significan la asfixia del movimiento de emancipación y su fragmentación. El paso definitivo a la acción del levantamiento de 1994, lejos de ser la expresión más elevada del movimiento social, aparece por consiguiente como la manifestación de su impedimento y, por tanto, como una de las opciones retenidas por un sector social enfrentado a los impases de la modernización y del desarrollo, expuesto a la represión y al racismo.

El otro gran punto de focalización del enfoque tourainiano de la rebelión de Chiapas se refiere a aquello que el propio Alain Touraine denomina como el alcance histórico del movimiento zapatista, su significación excepcional, a saber, el advenimiento de una antiguerrilla que pone fin al modelo guevarista, marxista-leninista de cambio social para afirmar el proyecto democrático en el centro de la acción colectiva conflictiva (Touraine, 2004). Para Yvon Le Bot, las características que constituyen la originalidad del movimiento explican también su resonancia internacional : « Le mouvement s’est développé parallèlement à la décomposition des idéologies du sens de l’Histoire et à la crise de la modernité. Il n’en appelle pas à des principes universels abstraits (…), mais à la formation d’acteurs historiques concrets, à leurs droits (…). Son horizon est celui d’une universalité (…) qui se conjugue avec la diversité culturelle » (Le Bot, 2000 : 221).

Si la caracterización tourainiana de la originalidad zapatista se apoya sobre ciertos hechos y gestos del levantamiento, puede decirse que esencialmente se esboza a partir del discurso zapatista y más particularmente, del de su líder, el subcomandante Marcos. Además, a menudo, el autoanálisis del guerrillero encapuchado y el diagnóstico del observador coinciden. Lo hacen, notablemente, en su explicación de la transformación del núcleo guevarista armado y estrictamente revolucionario del principio –manifestación residual de las antiguas guerrillas e ideologías– en un nuevo movimiento social o, más precisamente, en un deseo de movimiento social plural, inclusivo, antimilitarista, postcomunista, indefinido y reflexivo, identitario y demócrata (Le Bot y Duterme, 1999)... Esta transfiguración sería el resultado de un rosario de inflexiones ocasionadas « par l’effondrement du communisme, par la rencontre des marxistes urbains avec le monde indigène (choc culturel), par l’affirmation en son sein d’une volonté d’émancipation féminine et, après le soulèvement du 1er janvier 1994, par la rencontre avec la société civile » (Le Bot, 2000, 221).

Bajo la óptica de los tourainianos, el tema zapatista, individual y colectivo, es étnico, nacional y universal. Se quiere ser mexicano sin dejar de ser indígena : igual y diferente. Se trata también de la primera insurrección declarada contra la globalización neoliberal. Combina exigencia ética (justicia) y necesidad de reconocimiento (libertad y dignidad), con reivindicación política (democracia). En un mundo dominado por las leyes del mercado y sobrecogido ante las crispaciones violentas de los actores identitarios, Touraine percibe el movimiento zapatista como una de las tentativas más brillantes de articular identidades culturales, modernidad y democracia. Los movimientos sociales « qui correspondent le mieux à l’émergence du sujet, dans le monde contemporain, sont ceux dans lesquels (…) la revendication de reconnaissance des particularités de l’acteur est associée à un combat destiné à réduire une domination sociale et à mettre en cause un principe de hiérarchie », precisa Michel Wieviorka (2000 : 24). En 1997, Yvon Le Bot concluía, al final de sus largas entrevistas con el subcomandante Marcos, que “el reencantamiento del mundo” comenzaba en Chiapas.

« La possibilité d’une régression, d’un retour à l’idéologie et aux pratiques révolutionnaires anciennes » (Le Bot, 1997 : 72) se habría vuelto más presente desde 2001. La marginación del zapatismo a escala nacional, debido a la adopción por las autoridades de una ley indígena paternalista, el regreso a escala internacional de los antiguos esquemas (imperialismo, antiimperialismo), la guerra entre la superpotencia estadounidense y el terrorismo islamista, el auge de los nacionalismos y de una atmósfera hostil a la inspiración zapatista (Wieviorka, 2003 ; Le Bot, 2003), todo ello habría conducido al zapatismo a una postura, ciertamente esporádica, próxima a los componentes más rígidos y belicosos del movimiento antiglobalización y a unos análisis en términos más clásicos que aquellos creativos a los que nos tenía acostumbrados.

Límites de las lecturas dominantes

Esta idea demasiado sintética de las lecturas marxistas y tourainianas de la revuelta de Chiapas no agota ni la riqueza ni la diversidad de los numerosos trabajos que en mayor o menor medida pertenecen a estas dos escuelas. Las aportaciones de estos enfoques a la comprensión de la utopía zapatista son considerables. Sin embargo, tampoco están desprovistas de límites y, dicho sea de paso, en la misma medida en que lo están los marcos de análisis y las perspectivas de la obra con que se aborda el objeto estudiado. Ello viene a recordar la idea esbozada en el título de este artículo sobre las lentes de los observadores y los pasamontañas de los insurgentes. “Comprender consiste en reducir un tipo de realidad en otra”, decía Lévi-Strauss. Nosotros tenemos que vérnoslas con al menos dos representaciones distintas del zapatismo. Parecía inevitable.

Ya lo sabíamos, el marco de análisis marxista de los movimientos sociales consiste más en una teoría de las contradicciones, crisis y transformaciones del sistema capitalista que en una verdadera sociología de dichos movimientos. Estos últimos son integrados sin más en la problemática general de las relaciones sociales. Concretamente, son la expresión obligada de las relaciones de clase definidas por un modo de producción acumulativo. Los análisis marxistas se resisten a dar cuenta de movilizaciones estructuradas por otros factores identitarios o en conflicto con otras formas de dominación. Dicho esto, en el caso que nos ocupa, la rebelión indígena de Chiapas no parece cobrar sentido, legibilidad e interés para los observadores marxistas más que cuando es llevada a los marcos de análisis que ellos le otorgan. Proceder de esta manera quizás no sea forzar la realidad –las causas de la revuelta son también sociales y su objetivo, anticapitalista–, pero es cuanto menos simplificarla.

Lo cierto es que muchas de las condiciones favorables a la acción colectiva y de los procesos en marcha, estudiadas por la sociología de los movimientos sociales de los últimos treinta años, han sido, con escasísimas excepciones, dejadas en barbecho. No es pues ninguna sorpresa que la raíz de los mismos y lo macroeconómico hayan sido privilegiados en detrimento del resto, con la quizás única excepción de un aspecto clásico del enfoque marxista, el rol atribuible al líder o a los líderes profesionales, único actor o actores en condiciones de aportar del exterior de la experiencia diaria y del universo mental de las bases a concienciar, las claves de lectura de las lógicas en marcha y la orientación del proyecto revolucionario. Al limitarse muy frecuentemente a establecer una lista de condiciones previas sin las cuales la acción colectiva no hubiera podido tener lugar, al construir a posteriori cadenas de causalidad más o menos complejas que convierten el levantamiento del 1 de enero de 1994 en algo ineludible, estos estudios han tenido como efecto secundario consagrar como una verdad absoluta la identidad del grupo, considerarla como algo dado desde el inicio del análisis. De ello resulta una doble aporía : por un lado, no se explicitan los procesos que conducen a la acción –si se reúnen las condiciones objetivas, ¿por qué y cómo sólo una fracción de los indígenas se adhiere al EZLN ?–, por otro, al establecer un vacío entre las condiciones previas y el resultado, se impide comprender las fluctuaciones de las identidades y de la acción colectiva a lo largo de la dinámica, así como explorar las múltiples facetas – organizativas, simbólicas, relacionales, individuales, contextuales…– del objeto de estudio.

La escueta relación con lo empírico se muestra acorde con este enfoque fijo y causal. Globalmente, la relación histórica de antecedentes trata esencialmente fuentes secundarias, incluyendo, de vez en cuando, el comentario de perfil político de la rebelión prendido con alfileres de los indicadores elegidos. Entre otros ejemplos de carencias, podríamos citar la no verificación de los modos de consulta de las bases de apoyo zapatistas, descritas como participativas y democráticas por ciertos líderes rebeldes y tratadas sin más como tales por los observadores marxistas. La falsificación de esta hipótesis es así dejada a los detractores –indígenas, periodistas o políticos– del movimiento. Estos apuntes son válidos también, en parte, para el enfoque tourainiano que, aunque detalla más las gestiones del investigador y los desarrollos que preceden a las conclusiones, sigue verificando poco las hipótesis. El método consagrado de los tourainianos –la intervención sociológica– ha sido esencialmente reducido a un diálogo con el subcomandante Marcos, en el mejor de los casos flanqueado por un par de líderes indígenas, lo que lleva al analista a una visión complaciente, encantada de la rebelión, que confunde comprensión y complicidad.

En resumen, aunque el enfoque tourainiano ofrezca una lectura seguramente más fina y más subjetivista que objetivista del movimiento zapatista, no evita uno de los defectos reprochados con regularidad a las sociologías de los nuevos movimientos sociales (Neveu, 2000), a saber, una celebración exagerada de la novedad que la convierte en la explicación y condición sine qua non del interés otorgado al objeto : novedad de formas de organización (democráticas, horizontales, reticulares…), repertorio de acciones (simbólicas, mediáticas, expresivas…), de valores (dignidad, diversidad…), de reivindicaciones (autonomía, reconocimiento…), de relación con la política (contrapoder civil…) y de identidades movilizadas (culturales, genéricas..). Un examen atento de la espesura de lo real, más allá del discurso de Marcos, serviría, sin embargo, para relativizar esta originalidad o, quizás, más bien para situarla dentro de la articulación de nuevas formas a las antiguas, ya que tanto las conductas verticales y autoritarias, los modos de expresión clásicos, las aspiraciones a la redistribución igualitaria de la riqueza, las reivindicaciones estrictamente socioeconómicas, la obsesión por el poder del Estado y las identidades de clase permanecen vigentes en el movimiento (Duterme, 1998 y 2004).

No será la primera vez que los aspectos normativos implicados en la búsqueda del verdadero movimiento social jugarán malas pasadas a los tourainianos. Prisionero de la acepción del objetivo investigado –expresión sociológicamente más elevada (centro de lo que está en juego y del actor, proyecto de dirección de la historicidad) de la acción colectiva–, Yvon Le Bot se condena a volver dos veces sobre los mismos temas : a la búsqueda del auténtico movimiento social, a la vera de Marcos, en 1997 ; de duelo o al menos decepcionado por el movimiento zapatista desde 2001. Recordemos que, entre otros muchos, el movimiento antinuclear de los años setenta y ochenta del siglo pasado había conocido ya el mismo tratamiento : inversión-ilusión, desilusión-olvido. En el caso marxista aparecen las mismas ambigüedades referentes a la rebelión zapatista. Para los observadores de esta escuela, ésta es, en el mejor de los casos, una expresión posmoderna, incluso fantasiosa, de una revuelta que, no obstante, es legítima ; en el peor, un movimiento identitario reaccionario que participa de la fragmentación de los actores y del Estado necesaria para la expansión del sistema capitalista y del imperialismo. En todo caso, en las aproximaciones marxistas la revuelta aparece en la mayoría de las ocasiones como aconsejable en función de su adecuación, ciertamente original, a un formato preestablecido, ciertamente renovado, de lucha de clases, de movimiento anticapitalista.

Esta doble constatación da paso a unos cuestionamientos más amplios, puestos de relieve de manera implícita hasta el momento, que conciernen tanto a las fronteras entre posicionamiento político y análisis sociológico como a la relación con el objeto de las dos escuelas y enfoques mencionados. Sabemos que las ciencias sociales se nutren de presupuestos axiológicos, de intuiciones políticas y de hipótesis antropológicas (concepciones a priori de las propiedades y de la condición humanas, en el sentido de Philippe Corcuff). Algunas escuelas, además, no ocultan sus pretensiones emancipadoras. Sin embargo, aunque pueda haber un diálogo fecundo entre ambos registros –el del conocimiento científico del fenómeno zapatista y el del juicio de su contribución ético-política a una nueva perspectiva de emancipación–, ¿no sería la existencia de una autonomía analítica de estos registros la condición para una sociología operante de los movimientos sociales ? ¿Y, en consecuencia, una manera de evitar discursos híbridos, presos de las pasiones e intereses políticos ? (Lahire, 2002).

En el caso que nos ocupa, la fascinación por el objeto es también patente e incluso opera probablemente en los dos sentidos, toda vez que ciertos comunicados o decisiones del liderazgo zapatista parecen inspirarse en la imagen del movimiento o en las expectativas formuladas tanto por marxistas como tourainistas. Se trata de la doble hermenéutica de Anthony Giddens, donde el discurso de los actores y científicos generan sentido de ambos lados. También es el objetivo de la intervención sociológica el elevar este dinamismo circular al extremo, hasta llegar a la amalgama de la palabra de los actores y sociólogos. Además, la reciprocidad es más fácil de obtener cuando existe proximidad : proximidad política e ideológica (los analistas del EZLN son a menudo antiguos o actuales camaradas de lucha) y proximidad social y cultural (el capital cultural del “enfant bien né” universitario Marcos se confunde con el de sus sabios interlocutores, simpatizantes zapatistas europeos o norteamericanos). “Demasiada distancia y demasiada proximidad impiden la visión”, decía Pascal.

Las perspectivas holistas e historicistas a las que reenvían los teóricos marxistas y tourainianos, y los bastante diferentes usados por las sociologías anglosajonas de los movimientos sociales, se prestan aún a otro cuestionamiento que sobrepasa de lejos los límites de este artículo. El de la homología estructural necesaria o supuesta entre espacio temporal, forma de movilización social y cuadro teórico, incluso paradigmático de referencia. ¿Acaso cabe afirmar que a cada nuevo periodo, le acompaña una nueva acción colectiva y una nueva manera de dar cuenta sobre ella ? Cada uno a su modo, los enfoques marxistas y tourainianos se construyen sobre la relación determinante entre los dos primeros términos y pretenden encarnar el tercero. En la medida en que ellos mismos definen contenidos y límites de los periodos estudiados, era de prever. No obstante, la aparentemente evidente implicación no es propia de todas las sociologías de los movimientos sociales.

Por un enfoque multidimensional

Desde hace ya varios años, en el campo de la sociología de la acción colectiva, hay una tendencia a la búsqueda de síntesis, perspectivas combinatorias y tentativas de integrar los aportes significativos realizados tanto por las principales teorías de los últimos cincuenta años como por las dos grandes tradiciones continentales –europea y americana– que las han visto nacer. Hasta ese momento, la herencia, apenas caricaturizada, tendía hacia un dualismo : de un lado, una sociología europea centrada sobre todo en las causas, los factores macrosociales y estructurales y poco movilizada hacia la verificación empírica de sus teorías ; del otro, una sociología americana más concernida por el nivel microsocial y los mecanismos concretos de movilizaciones, comprobables empíricamente. Los ensayistas europeos revelan el porqué (dicho en una o dos palabras) de los movimientos sociales ; los entomólogos americanos destejen el cómo de las movilizaciones.

Hoy en día, si creemos a los tenores de la disciplina, sobre todo anglosajones, los esfuerzos de convergencia dominan el panorama. Las perspectivas macroestructurales se abren a los procesos relacionales, organizacionales e individuales de las micromovilizaciones y se apoyan en datos empíricos ; los racionalistas integran las transformaciones macrosociales en el análisis, pero también los aspectos simbólicos, ideológicos y culturales de los movimientos sociales. El concepto de estructura de oportunidades políticas (Eisinger recuperado por Tarrow), así como el de contexto de micromovilización social (McAdam, McCarthy et Zald) ofrecen puentes conceptuales entre el holismo y el individualismo, la estructura y la acción (Giugni, 1996), gracias a los cuales los procesos micro, meso y macrosociales pueden ser articulados (Van Campenhoudt, 2001). La atención prestada a partir de ahora a la dimensión constructivista de los movimientos, notablemente en sus aspectos cognitivos y discursivos (Show, Gamson), pero también en la definición de identidades sociales (Pizzorno, Boltanski, Corcuff), participa de este trabajo de conceptualización integral de la acción colectiva.

No obstante, a menos que se demuestre lo contrario, los enfoques dominantes en los estudios de la revuelta de Chiapas no se han beneficiado todavía de estos esfuerzos. La inclinación mexicana por la perspectiva histórica y el ensayismo europeo, el desinterés relativo de la sociología estadounidense por las tierras del sur, la fuerte politización del debate, la proximidad entre la intención zapatista y la de las dos escuelas sociológicas de origen europeo bien arraigadas en América Latina juegan probablemente un papel clave en esta cuestión. Sin embargo, la comprensión del movimiento de Chiapas sería mejor y más completa si se hiciera un examen más concienzudo de sus lógicas de acción acorde con guías de lectura construidas para la ocasión que tuvieran en cuenta los logros anteriormente destacados. ¿Despojadas de la carga de sus aspectos normativos incompatibles, no serían ventajosamente reciclables las aportaciones de los enfoques dominantes, en un proceso que se querría complementario ? Y es que, a la identificación marxista de los factores macrosociales que explican la emergencia de la rebelión y a la comprensión tourainiana de la elección operada por un movimiento en ruptura y del sentido del que éste es potenciamente portador, podrían así venir a añadirse análisis más precisos de un abanico de dimensiones importantes poco estudiadas hasta la fecha.

Las posibilidades de elección son vastas, pero es sin duda evidente donde las carencias resultan más significativas, llegando a hablar por sí mismas. Nos referimos tanto al estudio de la dinámica interna del movimiento, como al de las relaciones externas de la rebelión en el momento posterior a la revuelta. ¿Cómo se realiza hoy en día el trabajo de unificación, de identificación y de reagrupamiento en el seno del movimiento ? ¿En base a qué modelos se opera la inclusión y la exclusión, el trabajo social, político y simbólico de (re)definición, de legitimación, de homogeneización relativa ? ¿Cómo se produce el paso de clase probable a clase movilizada dentro del activismo intermitente del movimiento ? ¿Cómo se mantiene la forma social zapatista ? ¿En base a qué equivalencias entre individuos, a qué experiencias colectivas u oposiciones a otras se reproduce el interés común ? ¿Hay una pluralidad o una unicidad de identidades narrativas en el seno de la rebelión ? ¿Cómo opera el liderazgo zapatista en el interior del movimiento ? ¿Cómo se gestionan de manera práctica y simbólica las relaciones con los indígenas no zapatistas u opuestos al movimiento, con el Estado, los medios de comunicación, la sociedad civil… ? ¿Cuál es el impacto de cada uno de éstos sobre la dinámica, la resonancia del zapatismo ? Etc.

Falta pues por trazar, con la ayuda de dispositivos de investigación pragmáticos, un enfoque multidimensional del movimiento rebelde, más atento al zapatismo real y a sus múltiples facetas. Un enfoque que, a la manera constructivista, aprehenda las realidades sociales como construcciones históricas y cotidianas de actores individuales y colectivos (Corcuff, 2002). Deconstrucción del que se presenta como dado, intemporal y homogéneo e interrogación de los procesos de construcción del mundo social en sus diferentes dimensiones. De este modo, la idea no consiste en sustituir sin más las lecturas macroestructuralistas, para centrarse exclusivamente en el instante presente y la interacción, olvidando que la verdad de un momento dado no se encuentra jamás enteramente en aquel momento tal y como se presta a la observación. El paso sugerido viene más bien a superar las oposiciones entre la entrada de estructuras sociales aglutinadoras y el análisis de las interacciones cara a cara de los actores, a articular lo macro y lo micro, estructuras sociales y vivencias de individuos movilizados, teorías estructuralistas y constructivistas…

« Où se situe, dira-t-on, la portée politique d’une telle démarche ? En endossant le rôle modeste qui consiste à autopsier scrupuleusement les affaires et à analyser la dynamique des conflits, le sociologue ne renonce-t-il pas définitivement à toute intervention dans le débat ? » (Barthe et Lemieux, 2002). La posición de retirada preconizada en relación al objeto no debe ser interpretada como un rechazo a comprometerse. La imparcialidad metodológica (tratar simétricamente a la pluralidad de actores estudiados sin imputar a priori más importancia o lugar a cierto argumento o recurso) no equivale en nada a un principio de neutralidad política. Al contrario, la actitud apunta a incrementar la agudeza visual sobre las diferentes dimensiones del movimiento analizado, y en consecuencia, a clarificar las condiciones internas y externas a la rebelión, susceptibles de favorecer sus efectos emancipadores o, al contrario, de reproducir las asimetrías. Ciertamente la neutralidad axiológica es una ilusión, pero la exigencia emancipadora del investigador y la responsabilidad de la sociología reposan de antemano en el respeto –aunque sea prosaico– de lo real.

Nota (1) : Si bien la mayoría de los analistas marxistas tiende a tratar el rechazo de la conquista del poder del Estado como un haber ideológico intrínseco al EZLN, algunos se atreven a realizar una lectura menos esencialista de una postura considerada entonces como circunstancial : « les zapatistes disent ne pas vouloir ce que, de toute façon, ils ne peuvent atteindre. C’est faire de nécessité vertu » (Bensaïd, 2003 : 58).

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