Caudillismos y cesarismos en la coyuntura latinoamericana y mexicana

La coyuntura latinoamericana se juega aparentemente alrededor de nombres y apellidos, del destino político y personal de un puñado de individuos : Lula perseguido judicialmente por supuestos sobornos ; Dilma amenazada de destitución ; Evo no podrá re-elegirse después de tres mandatos presidenciales ; Cristina K derrotada desaparece del escenario ; Mujica tiene más de 80 años ; Maduro no alcanza a ser Chávez, pierde las elecciones parlamentarias y es amenazado de destitución ; Correa pierde consensos a diestra y siniestra y parece no poder ni querer re-elegirse ; Daniel Ortega, cada día más conservador y despótico, se apresta a buscar la re-elección. El progresismo latinoamericano está ligado al destino de unos hombres y mujeres providenciales en crecientes dificultades o cada día menos consistentes. Al haber abusado del caudillismo como recurso político estratégico, el progresismo tambalea desde la cúspide y no se sostiene desde abajo.

A pesar de partir de principios que sostienen que la emancipación de los trabajadores será obra de ellos mismos, que hay que servir el pueblo o mandar obedeciendo, la historia de la izquierda está repleta de personalismos y de caudillismos, unos más rescatables que otros, que –más allá de la psicología y la ambiciones de los líderes en cuestión- operaron y fungieron como eficaces catalizadores y mitos movilizadores o como instancias de mediación y arbitraje al interior de movimientos de composición social heterogénea y diversidad ideológica. En medio de la exaltación de muchos ismos que acompañaron los nombres y apellidos de dirigentes, ya fueran de lucha y/o de gobierno, las mejores tradiciones del marxismo crítico no dejaron de preocuparse por los límites y los vicios de este formato de la política tan difuso y recurrente, en particular en su versión nacional-popular, pero también socialista-revolucionaria. En efecto, por virtuoso que pretenda ser un liderazgo, le es consustancial una pendiente autoritaria, a la cual corresponde la delegación, que restringe, cuando no obstruye, los canales de participación desde abajo. Esto redunda en una tendencia radicalmente contraria a las finalidades educativas que deberían atravesar todo movimiento social y político de las clases subalternas ; finalidades orientadas a la difusión y socialización del conocimiento y la toma de decisiones, del ejercicio de la autonomía y la autodeterminación como prácticas que además de haber demostrado ser eficaces y de permitir acumulación de experiencias, tienen un alcance prefigurativo, al delinear los contornos y las formas de relaciones sociales y políticas igualitarias.

Es lamentable que la disputa en curso a raíz de la crisis de la hegemonía progresista en América Latina se juegue en términos de la suerte que corran los dioses en turno cuando detrás de su investidura estuvieron luchas y movimientos antineoliberales extensos y prolongados, impulsados por aquellas clases subalternas que no sólo hoy, sino desde el inicio de los gobiernos progresistas, aparecen en segundo plano. Como consecuencia, esas clases no muestran ser particularmente reactivas a la hora de defender a los hombres y mujeres que supuestamente encarnan sus intereses ya que pesa una década, o más según los casos, de desmovilización sostenida desde arriba, desde la rectoría del Estado-Gobierno-Presidente, desde una concentración de poder decisional que se mantuvo intacta a pesar de que los movimientos populares de los 90 y principios de los 2000 eran portadores de banderas participativas y de profundas y radicales críticas al liberaldemocratismo de la gobernabilidad, el presidencialismo y la partidocracia.

Aún más lamentable es que la polarización en curso tienda a paralizar el ejercicio de la crítica y la autocrítica, ya sea bajo el formato de la autocensura o bajo la presión del chantaje que sentencia que todos aquellos izquierdistas que no se sumen disciplinadamente a la defensa de los héroes en apuros de las patrias latinoamericanas terminan siendo vendepatrias, cómplices o aliados de la alianza de derechas nacionales e imperiales restauradoras.

Este esquematismo no sólo impide a los propios partidarios del progresismo cualquier margen de maniobra crítico que redundaría en beneficio de su debilitado proyecto, sino que oculta cuestiones de fondo. En efecto, respecto de la cuestión de los caudillismos, al margen de las consideraciones anteriores, queda por explorar a profundidad la hipótesis cesarista, según la cual –desde Marx pasando por Gramsci- liderazgos de esta naturaleza suelen surgir para resolver empates catastróficos, situaciones en donde las clases subalternas se movilizan pero no están en condición de tomar el poder y las clases dominantes se debilitan y no pueden seguir ejerciendo plenamente el dominio. Desde esta perspectiva, las figuras carismáticas encarnarían un punto de equilibrio, más o menos progresivo o regresivo según las circunstancias históricas y la correlación de fuerzas, un nuevo equilibrio de clase en el cual se preservaría lo esencial de las relaciones de dominación, incorporando reformas y correctivos en el interés substancial de las clases dominantes pero respondiendo a demandas puntuales de las clases subalternas. Este esquema se realizaría como revolución pasiva, es decir, una ajuste hegemónico basado en la combinación de transformaciones estructurales significativas y de procesos de pasivización, desmovilización o si se quiere, resubalternización de las clases populares.

Al margen de esta lectura específica de la cuestión del caudillismo, el tema de la personalización de los proyectos progresistas y nacional-populares tal y como se presenta en el escenario de época en nuestro sur no puede pasar inobservada en México donde una propuesta similar, aunque actualmente situada en la oposición, está indisolublemente asociada al nombre y la figura de Andrés Manuel López Obrador.


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